XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
26 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Si hubiese que ponerle un epitafio a la dimisión de Villalonga, yo escogería aquel que un poeta latino le puso al Imperio Romano: «No ocultará su caída la gloria de haber subido». Porque su derrumbe personal contrasta con una herencia empresarial envidiable. Y porque nadie podrá negarle ni los balances, que quintuplican el valor bursátil de Telefónica, ni su estilo, que rompió los complejos de aldea que aún atenazaban a los inversores españoles. También es verdad que todo en Villalonga era desmesura, y que no se privó de poner sus defectos y su oportunismo a la misma altura que brillaron sus virtudes. Quizá por eso no supo calibrar los límites que le imponía la historia de una sociedad mercantil que le cayó en las manos por pura chiripa política y sin arriesgar ni un duro. Por eso se prestó a los caprichos mediáticos de su mentor, usando los inmensos beneficios casualmente ligados a un largo y reciente monopolio. Por eso se rindió a la tentación del enriquecimiento, haciendo operaciones legales que hacen palidecer a los viejos espadas del pelotazo pillabán. Por eso escenificó todas las andanzas del nuevo Creso _rico ya era_, sin privarse siquiera de los pueriles destellos de la farándula. Y por eso se dio de bruces con el compañero de pupitre, al que hizo reaccionar con una rabieta propia del patio del colegio. Pero todo eso lo hizo sin detrimento de su exitosa gestión y sin salirse ni un ápice del nuevo modelo de yupies auspiciado por un PP que cada día parece más empeñado en decorar de nuevo todos los despachos del sistema financiero, incluyendo a sus inquilinos. Lo que no puede decirse es que su gestión haya sido escandalosa o polémica. Porque todo cuanto de polémico y escandaloso hay detrás de Villalonga tiene referencias gubernamentales estrictas, cuya evidencia no se esfuma por el simple hecho de que Aznar le pidiese que actuase con disimulo en aquello de las stock options. Llegó a presidir Telefónica porque el Gobierno abusó de su poder e influencia. Intervino el mercado mediático porque el Gobierno se lo mandó. Inició su expansión y sus alianzas al albur del Gobierno, y sólo al servicio del Gobierno se chamuscó las pestañas. También por eso chocó con el Gobierno: porque, si no hay peor cuña que la de la misma madera, Juan Villalonga era incluso del mismo árbol. Ello no obstante, si yo fuese Aznar me andaría con cuidado. Porque, al tiempo de fulminar a su amigo, también inició su leyenda.