XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
20 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Después de dieciocho años de monserga reconversora, con dolientes discursos dedicados a la crisis de Ferrol y con una extensa literatura orientada a mitificar al obrero de Fene, resulta sorprendente enterarse de que Astano y Bazán se encuentran todavía en fase de unión y sin que esta elemental operación tenga asegurado el beneplácito de la UE. Por eso me niego a repicar las campanas en esta nueva procesión, y por eso espero que aprovechemos la ocasión para exigir que nuestras grandes empresas produzcan noticias normales, en vez de sobresaltarnos con sus extrañas vicisitudes. Faltos de una cultura industrial y financiera moderna, los gallegos siempre nos hemos negado a reflexionar friamente sobre la realidad de unas empresas que perdieron dinero a espuertas, que generaron unas burocracias industriales obsoletas, y que compusieron unas plantillas hipertrofiadas que siempre estuvieron mucho más preocupadas por su propia situación laboral que por clarificar el papel que debían jugar aquellos grandes astilleros en la economía de Galicia y de España. Y por eso nunca nos hemos rebelado contra el desvío de enormes flujos de dinero que, pudiendo ser destinados a la modernización industrial o agraria del país, sirvieron para mantener décadas de irracionalidad económica y de una estéril y costosa épica del proletariado industrial gallego. Cuánto me gustaría que algún día pudiésemos hablar de los astilleros públicos de la misma manera que hablamos de los privados o de la viguesa Citröen, dando por sentado que se gestionan con racionalidad industrial y financiera, y sin tener dudas de que todos los empleados cobran sus salarios de su propio trabajo. Por eso me permitirán ustedes que vea la noticia con un descriptible optimismo: porque vamos a la operación con un decenio de retraso; porque no me gusta la típica monserga oficialista de que se mantendrán todos los elementos -dispersión de factorías, plantillas predeterminadas y fuerte presencia de capital público- que contribuyeron a la inviabilidad técnica de las empresas; y porque no se ve clara la intención de entrar a saco en las proverbiales irracionalidades y pillerías que llevaron las cosas al borde de la quiebra, donde ahora están. Viéndolo todo a ojo de buen cubero, celebro este movimiento de ficha. Pero no voltearé mis campanas hasta ver si esta vez va en serio o si vamos a seguir hablando de los astilleros -y pagando sus facturas- dieciocho años más.