ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
08 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.«Parece que ningún país europeo que salga de alguna forma de régimen no democrático o de una tensión interna importante, puede encontrar mejor respuesta para reaccionar contra demonios del pasado, y posiblemente para impedir su vuelta, que la de introducir un Tribunal Constitucional en su forma de gobierno». Esto escribía Mauro Cappelletti, uno de los juristas italianos más prestigiosos de su generación, poco después de la puesta en marcha de nuestro Tribunal Constitucional. ¿Los demonios del pasado? Sí, los demonios del pasado: el de la confrontación civil a sangre y fuego, el de ¡viva la Constitución! peleando año tras año con el ¡muera la Constitución!, el de la ausencia de un acuerdo mínimo aceptable sobre las reglas de juego democráticas, el de los generales y los curas metiendo en todo el espadón y la nariz, el de un orden público militarizado y el de una Constitución inexistente más allá del papel en que la misma se escribía, casi siempre con violencia y con dolor. Todos hemos reaccionado contra ellos, ¿qué duda cabe? Pero, ¿quién sensato pondría hoy en duda seriamente, cuando se cumplen veinte años desde su primera instalación, que el Tribunal Constitucional ha realizado una contribución fundamental a la paz civil entre todos los españoles y todas las tierras de este viejísimo país? ¿Quién, que más allá de sus dificilísimas sentencias -piénsese en las del aborto, Rumasa, la Loapa, o mesa nacional de Herri Batasuna- y más allá de sus aportaciones esenciales para consolidar el proceso descentralizador y el sistema de libertades y derechos del que hoy afortunadamente disfrutamos, el Tribunal ha contribuido al surgimiento y posterior asentamiento de una cultura constitucional sin la que la Constitución sería pura letra muerta? Porque ese es, sin duda alguna, el mérito histórico indudable de un órgano que ha tenido y tiene en la palabra su único instrumento: el haberse ganado el respeto general, el haberse asentado como órgano neutral al que acudir para solucionar por medio del derecho disputas que parecen insolucionables a través de la política. El Tribunal Constitucional no ha hecho más que la parte de la obra que se le había atribuido, pero la ha realizado con matrícula de honor. Tras él, como tras nuestra aún joven España democrática, quedan los demonios del pasado: todos, excepto los que se presentan pistola y bomba en mano. Todos los demonios...salvo el demonio.