LUIS PAZ, delegado del Grupo Voz en A Coruña
28 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.El romanticismo nos ha legado, entre otras muchas ideas negativas, la consideración de la vocación como un rasgo inherente al individuo, inseparable de su carácter singular e irrepetible. Según esta concepción de la existencia, todos contamos con una única salida profesional idónea, capaz de dar sentido a nuestras vidas. Todo lo que se aparte de esa meta ideal implica falsedad, traición y desdicha. En una curiosa pirueta de la lógica, encontramos risible que los niños de cinco años digan que de mayores quieren ser astronautas, detectives o bomberos; pero debe resultarnos razonable que los adolescentes de 17 afirmen categóricamente que sólo pueden ser felices si estudian medicina, arquitectura o ingeniería de Telecomunicaciones. Al final, tanto aliento poético se estrella contra el infranqueable muro de realidad que levantan las listas del paro. Elevar la vocación al rango de guía suprema de orientación laboral supone un disparate similar al de aquellos malos profesores de dibujo que esperaban que todos fuésemos capaces de emular a Miguel Ángel. Resulta, además, un disparate irresponsable, que aboca a cientos de jóvenes a la frustración del desempleo y empobrece las universidades por la vía de la masificación. La verdadera generalización de la enseñanza no radica en que todos podamos estudiar lo que nos gusta. Su valor consiste en permitirnos elegir un camino válido para encontrar un puesto de trabajo. Y en saber que después, cursos de verano, matrículas abiertas y campus virtuales nos permitirán ponernos al día en filosofía gnóstica, pintura turca o cualquier afición que queramos cultivar al margen del huerto profesional en el que nos ganemos los garbanzos.