¡QUE INMENSO ERROR!

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

01 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Eso fue lo que escribió _retomando la previa exclamación de un célebre filósofo_ Ricardo de la Cierva cuando el joven rey Juan Carlos eligió a Adolfo Suárez presidente del Gobierno de entre la terna que en su día le propuso el Consejo del Reino del franquismo. Aunque ya entonces había más de una razón para intuir que el supuesto inmenso error constituía, en realidad, un acierto histórico. Hoy nadie pone en duda que sin Suárez _y no digamos con alguno de los que formaban con él terna_ la transición hubiera sido más accidentada. La razón resulta fácil de explicar: como cualquier otro político franquista, Suárez carecía de pasado democrático, pero a diferencia de la mayoría de los mismos manifestó desde el principio la voluntad de respetar las decisiones de los ciudadanos españoles y la de maniobrar para mantener la paz civil. Vista en perspectiva, su aportación no constituyó tanto una ideología, como una forma de operar. En tanto que político flexible, Suárez fue acomodando su estrategia a la propia realidad, según aquella se manifestaba insoslayable. Por eso tras el resultado de las primeras elecciones, que mostraron un país dividido entre la izquierda y la derecha, Suárez decidió que las Cortes del 77 debían ser constituyentes y proceder a elaborar un nuevo marco plenamente democrático. Es cierto, por lo tanto, tal como Felipe González ha afirmado hace unos días, que fue el resultado electoral el que convirtió en inevitable para todos los que dudaban todavía, la necesidad de elaborar una Constitución. Para todos, incluido el hoy Duque de Suárez. ¿Por qué, pues, las palabras de González, que no ha dicho sino lo que mucha gente sabe, han levantado tan extraordinaria polvareda? Pues porque no se enmarcan en el contexto de una reflexión intelectual sobre nuestra transición, sino en el de su personal campaña política para reivindicar su trayectoria. Como un animal acorralado, González tira sus zarpazos contra el aire y en el camino se lleva lo que se le pone por delante: por ejemplo, un episodio fundacional de la memoria colectiva de la España actual: el de la transición y el de sus mitos. Sí, sí: el de sus mitos. Este país, que casi carece de mitos colectivos de naturaleza democrática, ha construido con la transición uno peculiar: el de unos hombres generosos que, más allá de sus intereses de partido, supieron negociar para fundar un régimen político del que nadie quedaría excluido por su forma de pensar. Fue así, con la capacidad del mito para reescribir la realidad, como Suárez, uno de los políticos más combatidos, y más queridos, de su tiempo, se convirtió en una especie de padre fundador de la España democrática. Con ese mito se ha topado González en su personalísima cruzada. Por eso sus palabras constituyen, estás sí, un grave error. Y es que González no ganará la batalla de la historia si se empeña en hacerlo desde la posición de un político en activo: Felipe González, que tiene también, como Suárez, un inmenso activo tras de sí, no podrá liberarse de los demonios que persiguen su legado mientras no acepte pasar a la galería de ilustres que han contribuido decisivamente a construir lo que es este país. Pero, claro, para eso habrá de pagar un alto precio: el de abandonar el escenario.