FILOSOFÍA

La Voz

OPINIÓN

CARLOS GARCÍA BAYÓN MERIDIANO DE ACTUALIDAD

30 may 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Ya sabemos que lo que Van Gaal anotaba en sus famosas libretas de campo lubrificadas con agua de Vichy no eran ecuaciones como pudiera hacer Stephen Hopkins, ni esquemas geométricos como pueden trazar los diseñadores de Versace o la Fiat. No. Lo que escribía, depuraba y ordenaba el holandés eran versículos de su filosofía. ¡La filosofía de Van Gaal! Debía ser muy hermética en su sistemática, conceptos y sintaxis que ninguno de sus discípulos del FC Barcelona, ni los más amados, alcanzó su sabiduría. Así lo confesó el técnico desencantado. Y eso que Van Gaal, como Aristóteles, paseaba peripatético cada atardecer el Nou Camp rodeado del Once de Oro, explicando y dictando las meditaciones acumuladas en cuadernos negros. Quzá ya haya escrito tantos como Saint-Simón. Ahora Van Gaal se retira a su chalet de Sitges a ordenar, acicalar y dejar a punto de caramelo para el futuro su filosofía que los catalanes, a los que ciega la estética y la soberbia, no han sabido entender. Cuando ya esté tranquilo igual que deseaba D''Ors, cada mañana, cada tarde, el holandés bajará satisfecho a la playa, dirá una oración y dibujará un cuadro sinóptico para contribuir a la cultura universal, repitiendo como un corte de mangas aquello de Shakespeare: «Aho ra, dioses, proteged a los bastardos». Sus libros y filosofía serán pasto de los sabios, universidades, academias... Hace ya muchos años que un gallego inició la literatura balompédica. Fue Ramón Fernández Mato, natural de La Barbanza. El libro se titulaba La tragedia del delantero centro. Su trascendencia no pasó de la ría de Arousa. Lo de Van Gaal promete ser ecuménico. Porque nada hay superior a un holandés con chandal, hígado lila, libreta en la mano, hablando de sí mismo, su filosofía y su puesto a la diestra del Señor. Áhora toca el silencio mientras no acaece el parto de los montes. Sitges está ahí, a orillas del Mediterráneo. Los nórdicos jamás son tan metafísicos como cuando bajan de sus fríos a las tierras donde crece el limonero.