Fue presidente del AMPA del colegio Santa María del Mar de A Coruña
06 nov 2021 . Actualizado a las 10:52 h.En la vida hay cosas que hacemos y otras que nos pasan. Juan Bescansa (A Coruña, 1974) fue uno de estos felices sucesos de los que no somos responsables, pero que recibimos como un don que enriquece nuestra existencia. Y por eso, muchas personas estamos tristes y más solas desde el pasado domingo. Porque tenía siempre tiempo para los demás y fue un hombre jovial y cariñoso. Tanto se hacía querer que su colección de familiares y amigos, dispersa por el mundo, no dudó en reunirse al completo para decirle adiós y darle las gracias de forma emocionante.
Nos seguiremos preguntando si sabría discutir, aunque nadie lo recordará enfadado. Era conciliador, jovial y muy sonriente. Disfrutaba y hacía disfrutar, pues su perenne buen humor contagiaba alegría. Recordaremos sus planes compartidos, a ser posible varios a la vez. Juan era feliz organizando. Hasta el final, hasta su despedida. Todo lo hacía con naturalidad y sin estridencias, como si ser como él resultase tan fácil. Fue un profesional inteligente, prudente y respetado, y un lector empedernido. Fue un deportista noble, entusiasta y muy deportivista. Fue, en fin, un paciente valiente, con una fortaleza conmovedora, contagiosa y casi, casi indomable, que supo tomar las decisiones adecuadas y gozar de la vida hasta el final. Juan fue, es y será uno de los «bos e xenerosos».Pensaba en los demás y cuidó con una generosidad discreta a la familia, los amigos y los compañeros de trabajo; a todos. Pero su gran virtud fue la bondad. En una sociedad empeñada en compararnos y jerarquizarnos, Juan supo que lo importante en la vida no es competir para ser mejor que otro, sino algo mucho más difícil: ser sencillamente bueno. Y así, de esa forma tan suya, alcanzó lo óptimo: fue el mejor hijo para Marilí y Javier; el mejor hermano para Kiti; el mejor padre para Adriana, Juan y Diego; el mejor compañero de Rebeca (¡qué suerte tuvo él!); el mejor nieto, primo, tío, yerno y cuñado para el resto de sus familiares; y el mejor amigo de todos. Y lo hizo tan bien que su ejemplo seguramente nos ha vuelto mejores a los que lo conocimos.
Aún resuenan sus queridas músicas para confirmar que rara vez se equivocaba: «Desde aquí, desde mi casa/veo la playa vacía”; “Yo soñaba cada día/poder alcanzar la playa». Cómo nos gustaría seguir cantándolas contigo.