Cuando la rutina de los sábados incluía un bocadillo de chocolate, un San Pancracio con su moneda de 25 pesetas en el dedo y el cambio climático era un jersey de lana la vida era más amable. Eran los sábados en que dormía en casa de mi abuela Oliva y, al pie de la cama, me contaba historias protagonizadas por un grano de maíz llamado Jran de Milliño, que discutía con las gallinas para no ser comido. Siempre el mismo cuento y siempre distinto, como los pliegues del mantel de la mesa camilla, la leyenda de Jran de Milliño se adaptaba a las exigencias del momento.
Con los relatos de Jran de Milliño mi abuela quería, inconscientemente, que yo me viera en él, porque él era capaz de arreglar las cosas. Sin embargo yo lo identificaba con ella, con las veces que cogía la caja de costura encima del radiador y zurcía cualquier herida de la ropa o del alma, con aguja e hilo rescataba botones náufragos de camisa y emanaba el fuerte cariño tranquilo del hórreo y las olas donde nos enseñó a nadar. La dura lección ahora que se ha ido es que no todo se puede remendar y que Jran de Milliño no se salva de todas las gallinas.
Una lección dura entre las mil dulces que nos dejó. No encontraré nunca un corazón tan bondadoso.
Cuando aquellas bandadas de colibrís que eran las comisuras de sus labios despegaban zigzagueando para sonreír, sus cuatro nietos -María, Manuel, Carmen y yo- observábamos el fondo del cielo que habitaba dentro de ella. Tenía tanta claridad que sé que nos ha dejado motas de luz en cada lugar donde vayamos a estar tristes con el pecho rompiéndosenos en una granada de amargura, porque aunque pesa el que se haya ido es mucho más profunda la felicidad de haberla vivido.
Ojalá alguna noche te escuche contarme cómo se libró en esta ocasión Jran de Milliño, te prometo que volveré a ser bueno. Te voy a echar muchísimo de menos. No recuerdo si me despedí de ti, pero no importa porque siempre estarás conmigo.