Apuntarse a clases de inglés, volver al gimnasio o dejar de fumar son clásicos que encabezan, año tras año, la lista de buenos propósitos que todos elaboramos cuando se acerca el final del calendario. Sin embargo, entre diciembre y diciembre, muchos acabamos repitiendo la misma escena: propósito anotado… Y nuevamente incumplido. Porque ese es, precisamente, el gran riesgo de los objetivos mal definidos o planificados, el de diluirse antes incluso de ponerse en marcha.
Junto a estos buenos deseos, suele aparecer otro recurrente: ahorrar más o empezar a ahorrar de verdad. Y aunque la gestión de las finanzas familiares no debería reducirse a un simple objetivo anual, sí es cierto que el cambio de año es un punto de inflexión oportuno para revisar nuestra situación, replantear prioridades y fijar metas que marquen el rumbo del próximo ejercicio. Por eso conviene aprovechar esa energía renovada para entender que el ahorro —y la planificación financiera— constituye un proceso continuo que demanda disciplina, visión de futuro y un acompañamiento adecuado.
En el momento actual, tiene, si cabe, más sentido dedicar un espacio a esa reflexión, especialmente ante el pesimismo generalizado sobre la economía que, según una encuesta reciente de Funcas, mantiene buena parte de la población. A tenor de los datos, cuatro de cada diez entrevistados declara dificultades para llegar a fin de mes y un 34 % afirma haber empeorado su situación económica tras la pandemia, frente a apenas un 22 % que asegura haber mejorado la suya. Con un panorama así, no sorprende que casi tres de cada cuatro personas reconozcan ahorrar menos de lo que desearían o, directamente, no poder hacerlo.
De ahí la relevancia de aprovechar el nuevo año para asumir que el ahorro debe convertirse en un pilar esencial de nuestra salud financiera. Por muy pesimistas que seamos, resulta fundamental comprender que el proceso de ahorro e inversión funciona como un método estable que permite avanzar incluso cuando el entorno genera incertidumbre, alejándonos de decisiones impulsivas guiadas por emociones o titulares puntuales.
Como en el caso de practicar deporte o de dejar de fumar, uno de los errores más habituales que impiden cumplir con la meta del ahorro es intentar hacerlo todo por cuenta propia. Gestionar las finanzas sin apoyo externo exige una disciplina, una constancia y unos conocimientos que no siempre tenemos. En cambio, avanzar acompañado de un entrenador, un médico o un asesor financiero incrementa de forma notable la probabilidad de éxito, porque esto ayuda a establecer objetivos claros y a mantener el rumbo cuando aparecen dudas o tentaciones de abandonar.
En el ahorro existe, además, otro obstáculo frecuente: formular metas demasiado vagas, como «ahorrar más» o «invertir cuando se pueda». Para que un propósito funcione y perdure, debe ser específico, medible y alcanzable. Y nada contribuye tanto a reforzar ese compromiso como dar nombre a cada uno de los objetivos. Por ejemplo, hablar de «la Universidad de María», «el cambio de coche» o «la jubilación perfecta» nos sitúa frente a metas mucho más reales, tangibles y fáciles de visualizar. Nombrar los objetivos nos ayuda a no perder el horizonte y a recordar por qué estamos ahorrando. Ya no se trata de reservar dinero sin más, sino de construir algo valioso y perfectamente identificable.
Aunque, como hemos señalado, no deberíamos reducir la planificación financiera a un mero deseo de Año Nuevo, este momento sí puede convertirse en un impulso psicológico poderoso para instaurar hábitos duraderos. Y como ocurre con cualquier hábito, su incorporación resulta más sencilla si se construye, con la ayuda de un asesor profesional, sobre una estrategia clara que distinga objetivos a corto, medio y largo plazo. Esa hoja de ruta nos permitirá tener un dinero reservado para imprevistos más inmediatos y ahorrar para metas a 3 y 5 años y para el futuro más lejano, como la jubilación.
Una vez definidos los objetivos, resulta más fácil, siguiendo de la mano de un profesional de las finanzas, encontrar las herramientas de ahorro e inversión más útiles para cada caso, manteniendo una relación rentabilidad-riesgo en función del plazo para el que se ahorra.
Posteriormente, cuando las piezas encajan y disponemos de un plan personalizado, solo queda poner en marcha un sistema automatizado de ahorro que derive cada mes la cantidad destinada a invertir en cada objetivo. Esa disciplina automática evita que el propósito se diluya ante cualquier excusa y contribuye a consolidar el hábito con menor esfuerzo.
Esa misma pereza que puede llevarnos a abandonar las clases de inglés o a dejar de ir al gimnasio a las pocas semanas también se manifiesta en el ámbito financiero. Una noticia negativa sobre los mercados, un comentario alarmista o un mal dato económico pueden hacernos dudar, incluso cuando sabemos que nuestra inversión está pensada a largo plazo y no debería evaluarse por lo que ocurre un día concreto.
Efectivamente, nuestro cerebro nos lleva a tomar decisiones fáciles como salir corriendo cuando percibe un riesgo o a cansarnos de algo si no vemos resultados rápidos. De ahí que resulte tan útil automatizar los ingresos destinados al ahorro, alejándolos de veleidades emocionales, y estar acompañado por un profesional que nos explique de forma sosegada y nos permita analizar de forma clara una determinada situación.
Por lo tanto, las fiestas navideñas son un buen momento para detenernos, mirar hacia atrás recordando lo vivido y proponernos metas realistas que nos permitan construir un porvenir financiero más sólido. Cuanto antes empecemos a trabajar en ello, mejores resultados veremos. ¡Felices Fiestas y que en el Año Nuevo se cumplan todos los buenos propósitos!