En la semana en la que se estrena la alta velocidad a Galicia, el tren que discurre entre Ferrol y A Coruña tarda una hora y media. Sí, noventa minutos. Es decir, que el viaje de ida y vuelta dura algo menos de tiempo que el trayecto entre Santiago y Madrid, por poner un ejemplo. Si a esto se le suman las paupérrimas conexiones de autobús, el resultado es francamente desolador para una población que ha quedado descolgada de las mejoras en las comunicaciones. A los habitantes de Ferrol no les queda otra que coger su coche y salir por la costosa AP-9. Por cierto, fue la última ciudad a la que llegó la autopista. Y si no, basta recordar el caos que supuso el accidente del Discover Enterprise contra el puente de As Pías (enero de 1998), que convirtió Ferrol en una isla. El caso es que, mientras el resto de Galicia se incorpora al siglo XXI, Ferrolterra sigue inquietantemente cronificada en otro tiempo, sin saber muy bien por qué. Sobre esto tendrán que responder los responsables políticos, porque los hay, tanto en Madrid como en Galicia. Pocas comarcas como esta acumulan una lista de agravios y promesas incumplidas tan obscena. Castigada por la reconversión naval de los ochenta —decidida por el PSOE de Felipe González, que protegió más a los astilleros de Andalucía por intereses electorales—, su industria civil tira hoy del carro con los componentes de eólica marina, pero se halla infrautilizada, dado su gigantesco potencial productivo. En los últimos años, muchas propuestas se han quedado en nada. Un centro de talasoterapia en San Felipe, la regeneración de la ría, las rehabilitaciones de los barrios de Ferrol Vello y A Magdalena, el centro de reparaciones del naval o el dique flotante y los floteles de Pemex, por citar solo unas cuantas. El resultado de todo esto es que, con estos mimbres, es difícil ganar población joven y competir económicamente. Ferrol se halla entre los municipios —de más de 50.000 habitantes— más envejecidos de toda España, según los datos del INE. Y está bien claro por qué.