¡Pasapalabra!


Director de inversiones de Santander Private Banking Gestión

Si estuviéramos delante de un atril, en un plató de televisión, en la fase final del concurso con el contrincante al lado y el rosco de letras de fondo, 5 segundos en el contador y una sola palabra para llevarnos el bote, sonaría algo así… «con la I … siglas con las que se denomina al tipo de inversión en la que, además de velar por la rentabilidad, se tienen en cuenta criterios éticos, sociales y ambientales en sus decisiones…». Sobran 3 de los 5 segundos para contestar y llevarnos el premio… «I S R». ¡Correcto!

Hablamos de Inversión Socialmente Responsable o también conocida por sus siglas ISR que ha venido para quedarse y, muy probablemente, va a provocar un cambio, y no pequeño, en cómo nos aproximamos a las inversiones. En breve, además de ¿cuánto gana una compañía?, importa el ¿cómo?. Para comprender el alcance de todo esto hay que poner un poco de perspectiva en cómo se gestiona un fondo de inversión o una cartera que invierta en acciones; para esto no hay fórmulas magistrales y sí mucha racionalidad, además de no olvidarse de «…comprar barato y vender caro...». Más allá de filias o fobias que pueda sentir alguien por una compañía o un sector, cuando uno invierte en algo lo que espera siempre es rentabilizar al máximo su inversión; para lo que debe conocer lo mejor posible aquello en lo que pone un duro, con lo que, en primer lugar, debe estudiar bien la compañía. Así, analistas y gestores miran de arriba abajo las compañías, analizando el sector al que pertenecen, el negocio y datos contables, además de estudiar el ciclo económico. Todo ello para al final, y tras muchos cálculos y muchas asunciones, calcular un precio de lo que para ellos «debe valer» la compañía, contrastarlo con el precio de mercado y así saber si una empresa está barata o cara y, por tanto, comprarla o no. 2021, entre otras cosas, también será recordado porque entra en vigor una normativa que viene rondando y que sí o sí, además de todo lo anterior, para valorar una compañía tenemos que incluir temas «meta financieros» y considerar factores Ambientales, Sociales y de Gobierno Corporativo en los criterios de selección de compañías.

Así que, vayan acostumbrándose también a estas siglas «ASG» o «ESG» (por Environmental, Social y Governance) porque básicamente estos factores constituyen en la práctica la herramienta fundamental que nos va a servir para identificar el nivel de responsabilidad social de una compañía. Estos tres grandes criterios se centran en temas que escapan al análisis tradicional (desde luego al ámbito de las finanzas) y responden siempre a preguntas relacionadas con «el cómo» se hacen las cosas más a que «cuánto gana». Sin entrar mucho en materia, diremos que los criterios ambientales se refieren al cuidado y conservación del entorno por parte de las empresas. Los criterios sociales hacen referencia al ámbito de la gestión de la empresa desde la perspectiva de todo lo que interactúa con esta: desde la zona geográfica donde se localiza hasta los proveedores y empleados. Y los criterios de gobierno corporativo miden el buen hacer de la compañía de puertas adentro: liderazgo, políticas internas, retribución de directivos, etc…

Y si preguntamos a los clientes de si es o no adecuado incorporar criterios sostenibles en la gestión de sus inversiones, las encuestas muestran que casi 9 de cada 10 dicen que sí que importa cómo se hacen las cosas, pero una inmensa mayoría reconoce que siempre y cuando eso no afecte a la rentabilidad. Sostenibilidad y rentabilidad pueden ir de la mano, pero no podemos decir que todas las inversiones que incorporen factores medioambientales, sociales o de buen gobierno van a ser siempre y de manera sostenible (valga la redundancia) más rentables que aquellas que no los incorporan.

Nada más lejos de la realidad. Así que para comparar peras con peras tenemos que ver el comportamiento de índices ISR que no se construyen del mismo modo que los tradicionales. Así por ejemplo, el Ibex pondera más las compañías de mayor capitalización para representar mejor el comportamiento de las 35 seleccionadas, mientras que índices ISR ponderan empresas con un mayor rating ASG y, normalmente, ya excluyen empresas relacionadas con industria armamentística, juego, alcohol, tabaco… y lo que lo diferencia de otros índices tradicionales es su transversalidad, en el sentido de que la importancia de una empresa radica principalmente en cómo sale en la foto y no por su precio o porque el sector al que pertenece no «esté de moda». Aunque la historia no es ni mucho menos tan larga como la de los índices tradicionales, tenemos la suficiente para sacar algunas conclusiones. Cuando todo ha ido bien, pues todo va bien; pero la rentabilidad de un índice global de renta variable desde comienzo de 2018 es casi 11 puntos inferior a un índice de renta variable global con criterios ASG. Once puntos en tres años y dos meses no es baladí, pero como casi todo en la vida, lo que de verdad importa es ver cómo se comportan en los malos momentos y es aquí donde lo socialmente responsable saca pecho y logra mejores resultados porque cae relativamente menos y con menos volatilidad (aunque esto último depende del período).

¿Cuándo vamos a tener todo disponible? Pues va para largo porque los legisladores tienen mucho que decir y no parece fácil aterrizar todo esto. Para empezar porque falta legislación y, aunque principalmente todo tiene que ir encaminado a mejorar la información para clientes y articular la integración de estos factores ASG en los procesos de toma de decisión, esto va a poner un poco todo «patas arriba», empezando por la propia legislación MiFID al tener que incorporar las preferencias de sostenibilidad de los clientes en la evaluación de la idoneidad de sus inversiones y lo que esto conlleva. Además de tocar las obligaciones de información, legislación UCIT, planes de accionistas, políticas internas, legislación de índices de referencia y un sinfín de temas más, la «taxonomía» es casi de los puntos más relevantes. Una sola palabra que resume cómo en la práctica vamos a aterrizar esos tres grandes criterios ASG para cada una de las empresas. Fácil de decir y difícil de poner en la práctica porque todos tenemos claro que no es lo mismo hablar de contaminación por huella de carbono de una compañía aérea que en una que fabrique microchips. Personalmente, creo que es uno de los grandes retos, si no el mayor, el de estandarizar esto porque aquí, como en casi todo, el mercado va por delante y ya hay varios proveedores de rating ASG que básicamente transforman una cantidad ingente de datos en un rating que muestra la «verdosidad» de una empresa y bajo qué criterios lo hace. Como aún no hay una definición «oficial» de las cosas, empezamos a tener tantos ratings ASG como compañías que se dedican a emitir su opinión. De modo que nadie se lleve las manos a la cabeza si ve que la empresa tal o cual está calificada de manera diversa, porque no está todo regulado.

Y si, después de todo lo anterior, todavía piensan que esto es una moda sepan que solo en el último trimestre de 2020 el patrimonio acumulado en fondos sostenibles a nivel global superó el billón de euros y esto es porque de cada mil euros invertidos durante este período unos 450 ya lo hacen en fondos sostenibles. Será porque el comportamiento de estos fondos ha sido comparablemente mejor o porque ya muchos inversores han decidido sumarse y llenan su carro del ahorro con productos verdes o simplemente porque ya hay más de 3.200 referencias en las que invertir. Como Galicia Calidade que es la marca de garantía que certifica la calidad de los productos y/o servicios que, por su elaboración en Galicia, por su materia prima o diseño gallegos, merezcan esta distinción… pronto tendremos que acostumbrarnos a ver en productos financieros el sello «ISR Calidade».

Por Álvaro Galiñanes Director de inversiones de Santander Private Banking Gestión

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