Bernard Arnault, un regateador de lujo

El hombre más rico de Francia y uno de los más acaudalados del planeta libra una batalla legal por la compra Tiffany


Dieciséis mil millones de dólares en joyas es mucho dinero. Sobre todo cuando la decisión de comprarlas se tomó antes de que la pandemia hiciera su aparición. Por eso no es de extrañar que alguien se arrepienta de haberlo hecho. Incluso cuando uno es el hombre más rico de Francia y uno de los más acaudalados del planeta. Y eso es precisamente lo que le ha pasado a Bernard Arnault (Roubaix, Francia, 1949), que donde dijo digo, dice ahora Diego. Que de adquirir Tiffany por la cantidad que aseguró que lo haría, ni hablar. Que no lo vale.

Aduce el multimillonario que no puede culminar la operación en los plazos previstos -la fecha límite había sido fijada el 24 de noviembre- porque el Gobierno francés le ha pedido que la retrase hasta el 6 de enero, movido por la preocupación que generan en el Elíseo los aranceles que quiere imponerle Trump a los productos galos. Pero lo cierto es que todo apunta a que lo que quiere es rebajar el precio. Ofreció 135 dólares por acción, y ahora no quiere pagarlos. Le parecen muchos.

Pero el regateo puede salirle caro al francés. Tiffany no es de las que se quedan cruzadas de brazos. Y ha puesto en manos de la Justicia estadounidense la jugarreta de Moët Hennessy Louis Vuitton (LVMH), el grupo de marcas de lujo propiedad de Arnault. Sin nombre, que está la compañía. Toda una ristra de apellidos ilustres en el universo del buen vivir. Si nada lo remedia se verán las caras en un tribunal de Delaware (Estados Unidos) en enero del año que viene.

Dueños de uno de los mayores conglomerados del lujo mundial y que tiene en cartera a marcas de moda como Dior, Louis Vuitton, Givenchy, Loewe, Berluti, Kenzo, Guerlain, Fendi, Donna Karan, Sephora, Marc Jacobs, Celine; de licores como Moët&Chandon, Dom Perignon, Veuve Clicquot o Belvedere; de belleza como Benefit, Acqua di Parma o Sephora; y de joyas y relojes como Bvlgari, Chaumet, Hublot o Tag Heuer, ni que decir tiene que los Arnault son una de las sagas más ricas y famosas de Francia. La que más. Hace ya años que superaron a los Bettencourt, propietarios de L'Oréal, y a los hermanos Wertheimer, que controlan Chanel, en la lista de los más ricos de Francia. Ahora mismo atesoran un patrimonio que roza los cien mil millones de euros, lo que los convierte en la tercera familia con más posibles del planeta. Y el patriarca, Bernard Arnault, lleva décadas al frente del negocio de los suyos. Eso de que las grandes fortunas se amasan ofreciendo productos y servicios a cuanta más gente mejor -y tiene que ser a precios razonables, claro- no va con ellos. Lo que tienen, que es mucho y ya lo hemos dicho, lo han ganado vendiéndoles cosas a unos pocos. Y a precios prohibitivos para el común de los mortales.

Graduado en Ingeniería en 1971, su futuro parecía ligado a la empresa de ingeniería civil, Ferret-Savinel, propiedad de su padre. Pero, no. Tardó lo suyo, pero acabó convenciéndole de que había que vender la división de construcción y buscar nuevos negocios. Relevó a su progenitor en 1979. Seis años después, compró, junto a otro socio, su primera empresa de artículos de lujo, Finacière Agache. Después vino la adquisición de Boussac Saint-Frères, una compañía textil en crisis de la que lo vendió todo excepto la marca Christian Dior y los grandes almacenes Le Bon Marché. El principio de lo que hoy es todo un gigante: LVMH.

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