¿Puede el peor equipo de la NBA ser el más valioso? La singular historia de los New York Knicks

Manuel Blanco REDACCIÓN / LA VOZ

MERCADOS

Brad Penner

Forbes ha vuelto a situar a la neoyorquina como la franquicia con mayor valor de mercado de la competición pese a ser la que menos veces ha peleado por el título en los últimos veinte años

23 feb 2020 . Actualizado a las 22:07 h.

Que el deporte es caprichoso es un hecho irrefutable. La historia está trufada de ejemplos. De victorias épicas y hazañas emocionantes; también de derrotas y tragedias instaladas en el imaginario colectivo. Hay sin embargo en este universo algunas verdades absolutas. O casi. Una de ellas conecta el éxito con el dinero. En el deporte profesional, ganar implica ingresos en forma de contratos, publicidad, fama... ¿Siempre? No, claro que no. Toda regla tiene su excepción y la que nos ocupa es, seguramente, la epítome de las excepciones. Porque... ¿Puede un equipo ser el peor de su liga y ser no obstante el más valioso económicamente? Sí, puede. Y es probable que su nombre le resulta familiar: New York Knicks.

Hace solo unos días, Forbes publicaba su informe anual sobre el valor de los equipos de la NBA y volvía a situar a la franquicia neoyorquina como la más atractiva desde el punto de vista financiero. Le atribuye la prestigiosa publicación un precio de mercado de 4.600 millones de dólares, por encima de conjuntos tan legendarios como los Lakers o los Boston Celtics

Lo sorprendente de esta situación es que no hay ninguna franquicia de la mejor liga de baloncesto del planeta que presente un peor balance deportivo en los últimos 20 años. Un anatema, en definitiva. O la confirmación de aquella profecía bíblica que sostiene que los últimos serán los primeros. Basta con bucear un poco a través de las bases de datos de la propia competición para constatarlo. Desde 1999 hasta el año pasado, los Knicks solo se habían clasificado para las series que dan acceso a la disputa del anillo seis veces, las mismas que Charlotte Hornets, una menos que Sacramento Kings y dos que Golden State Warriors, que aparece en el listado de Forbes como el tercer equipo con mayor cotización de mercado.

¿Por qué? Pues precisamente porque en su caso se cumple la regla: los triunfos son sinónimo de dinero. No en vano, los de la bahía de San Francisco han estado en las últimas cinco finales de la NBA y conquistaron el título en tres de ellas. Su caso es la prueba inequívoca del éxito del modelo deportivo estadounidense. «Es el balance competitivo, algo que no resulta fácil de comprender en Europa -explica Patricio Sánchez, coordinador del Máster en Xestión Empresarial do Deporte de la UVigo-. Es como si aquí diseñásemos mecanismos para que el Madrid o el Barça no ganasen la liga. Eso hace la competición más atractiva y la verdad es que es una de las primeras cosas que les enseñamos a nuestros alumnos del máster».

Efectivamente, los Warriors lograron hacerse en su momento con Stephen Curry, Klay Thompson o Draymond Green por la vía del draft y, sobre estas bases, fundaron una dinastía campeona que ha dado más lustre a las cuentas de los propietarios del equipo. Hace apenas 10 años, la franquicia figuraba en el grupo de cola del ránking.

Los Knicks, a la vista está, llevan mucho tiempo sin necesitar de la variable deportiva para ganar mucho dinero. Se podría pensar incluso que es esta derivada la que explica el calamitoso rendimiento en la cancha de la franquicia. El trabajo en los despachos de los directivos lleva años en entredicho, al extremo de que son muchas las grandes estrellas de la NBA que han dado calabazas a los de la Gran Manzana: Durant, Leonard, George, Irving... Nadie quiere ir a Nueva York pese a que se trata de un gran mercado en una ciudad muy atractiva, elementos estos que siempre pesan en las decisiones de los jugadores.

Lo insólito de la posición privilegiada de los Knicks en el ránking es que ni siquiera ha sido nunca una franquicia ganadora. Una que pueda vivir de un pasado esplendoroso. De hecho, solo tiene dos anillos de campeón, el último el del año 1973. Nada que ver con dinastías como la de los Celtics de Auerbach o Bird, los Lakers de Magic o Bryant, los Bulls de Jordan, los Spurs de Popovich o los más recientes Warriors de los Splash Brothers. 

¿Cómo se explica, entonces, esta anomalía financiera? Pues por una combinación de factores. Por un lado, por la posibilidad de fortalecerse deportivamente en cualquier momento, por ese balance competitivo que permite a cualquier franquicia emerger de sus cenizas con solo acertar en algunas decisiones. Por otro, por la dimensión del mercado. «Tienen mucho público, un pabellón mítico, venden muchas entradas, un propietario con capacidad para pagar el impuesto de lujo y están además en la ciudad más atractiva para los jugadores junto con Los Ángeles». Es la opinión de Roi Rodríguez, quien junto a Pablo Míguez fundó hace dos años la agencia de representación de jugadores Helping Ballers tras cursar el máster de la Universidade de Vigo.

Estos dos ourensanos coinciden en que el precio de mercado de los Knicks obedece a la atribución de una expectativa, a la posibilidad de que la franquicia neoyorquina explote deportivamente en el futuro. «En cualquier momento podría volver y por eso la valoración es tan alta», detalla Rodríguez.

Míguez abunda en el valor del Madison Square Garden a la hora de analizar los activos de la franquicia. «Es una cancha legendaria, piensa que hasta la trama de Space Jam arranca en un partido sobre ese parqué», repara. Las cifras le dan la razón. Forbes le concede al emblemático pabellón un valor de más de 800 millones de dólares, aproximadamente un 23 % de la cotización total de los Knicks.

Los propietarios del equipo hicieron una remodelación total del Madison hace siete años por valor de mil millones de dólares que permitió poner en marcha nuevas fórmulas de patrocinio. Es esa capacidad de generar recursos lo que dispara al alza el valor que le atribuye Forbes.

Para completar la ecuación, y pese a las incontables derrotas que acumula en los últimos años, el equipo de los amores de Spike Lee tiene uno de los mejores promedios de asistencia de la NBA, alentado por unos aficionados muy fieles y por el masivo contingente de turistas que cada año visitan la ciudad. «Yo conozco a gente que no ha venido ni una vez a ver al COB y que sí ha ido a ver un partido de Nueva York», explica Míguez. Es el magnetismo que tiene la NBA. La explotación de un producto que va más allá del deporte. Puro espectáculo.

Lo global es idéntico para todos, lo local depende de cada uno

La NBA marca el paso del deporte profesional a nivel mundial. En el caso de los derechos de televisión, por ejemplo, el gran contrato con el que cuenta la liga (el de las emisiones a nivel global), y que asciende a 2.500 millones de dólares al año, se reparte de forma equitativa entre todas las franquicias. Todas reciben la misma cantidad, a razón de unos 90 millones por ejercicio, con el fin de garantizar la competitividad entre equipos y evitando diferencias económicas sangrantes que laminen la competición, algo como lo que pasa en la liga española de fútbol entre los equipos grandes y pequeños.

Las distancias en el básket estadounidense, en cualquier caso, sí que existen. Y son en buena medida las que explican las valoraciones que arroja el ránking de Forbes. Así, más allá de la venta de camisetas o de entradas, las franquicias tienen la posibilidad de vender sus derechos de emisión a cadenas locales, lo que a la postre arroja pingües beneficios que dependen directamente del mercado que se atiende. Los Knicks, por ejemplo, ingresan por esta vía unos 100 millones al año, mientras que otros equipos como los Grizzlies (habitual de los «playoffs» la década pasada) apenas llegan a una décima parte de esta cantidad.