Efectos de la era de la automatización

Las economías avanzadas se asoman a una etapa de profundos cambios inducidos por la robotización. Numerosas investigaciones coinciden en destacar su impacto en el mercado laboral y, aún manteniendo diferencias en la intensidad de la evolución, todos concluyen en la importancia de la misma. Comprenderla y afrontarla será uno de los grandes retos del futuro.


Catedrático de Economía Aplicada de la Universidade da Coruña

Los cambios tecnológicos (inteligencia artificial, automatización y robótica) constituyen un factor crucial para la transformación del trabajo actual y del futuro. El impacto del progreso tecnológico en el mercado de trabajo abre el debate para estudiar las repercusiones que posee la automatización en los procesos productivos.

No hay duda de que la automatización sustituye trabajo, pero genera, al mismo tiempo, complementariedades que mejoran la productividad y facilita el incremento de rentas. Asimismo, induce la conformación de nuevas formas de organización, estimula la aparición de ocupaciones asociadas a la automatización, reduce la jornada laboral e incrementa la demanda de nuevos puestos en otras actividades. En suma, sustituye empleo, pero induce otros mecanismos que pueden compensar la destrucción de los mismos en una nueva atmósfera del mercado de trabajo.

En la actualidad, el debate sobre la automatización está ampliamente extendido, desde los consejos asesores de las grandes instituciones mundiales a los de las corporaciones empresariales internacionales. Existen diversas tesis, pero en todas ellas predomina la idea de que estamos iniciando una nueva era de repercusiones sin cuantificar de manera exacta. A modo de ejemplo, el equipo dirigido por el profesor Ian Stewart, en su trabajo Technology and people: The great job-creativity machine, sugiere la existencia de cuatro mecanismos a través de los cuales el cambio tecnológico influye en los niveles de empleo.

En primer término, se constata que la aparición de nuevas tecnologías sustituye empleo, contribuye a elevar los niveles de productividad y propicia la reducción de los costes y de los precios. También influye en el nivel y en la composición del empleo, a la vez que incide en los cambios en lo tocante a la especialización productiva y a la división internacional del trabajo. En suma, reasigna recursos entre sectores, empresas y ocupaciones. Es lo que se denomina la creciente disociación o segmentación de las actividades que da lugar a la emergencia de un nuevo paradigma, desde la perspectiva de la globalización y de la competencia internacional, tanto a nivel de empresas y sectores como en lo que respecta a las ocupaciones. De este modo, el eje del actual paradigma se sitúa a nivel del individuo y de las tareas que pueda realizar de modo satisfactorio en su puesto de trabajo.

Proceso dinámico

En segundo lugar, se afirma que el cambio tecnológico crea empleo en las actividades económicas que constituyen el origen de las innovaciones. De esta forma, el esquema a seguir sería el siguiente: las innovaciones se expanden con rapidez y se demanda una mayor ocupación. Estamos, pues, ante un reemplazo de tecnologías; por tanto, ante un proceso dinámico, progresivo y no lineal que favorece y promueve la generación de nuevas ocupaciones y demanda nuevas profesiones y capacitaciones de las personas.

El tercer mecanismo se refiere a la emergencia de una dinámica de complementariedad entre el capital tecnológico y el humano. Dicha tendencia sostiene una presión que impulsa el crecimiento y alienta el alza de la productividad en aquellas actividades económicas que son más intensivas en empleo especializado. Este efecto, en consecuencia, es muy favorable en lo que atañe a la competitividad, a la mejora de la producción y contribuye a la expansión de la demanda laboral especializada.

Finalmente, el cambio tecnológico conlleva directamente un efecto potencial y colateral en el impulso de la demanda agregada de consumo. Esto es, la automatización modifica precios y costes relativos, reduciendo la jornada laboral y mejorando la capacidad adquisitiva de los salarios. Por tanto, la demanda de consumo se expande a la vez que el empleo personalizado, logrando un efecto potencial de desbordamiento en forma de mayor demanda de otras actividades económicas.

En suma, la nueva era de la automatización inducirá ajustes en el mercado de trabajo. Habrá nuevas oleadas de automatización en la que los cambios tecnológicos estarán sesgados por los nuevos conocimientos y habilidades, siendo más veloces las transiciones cuanto mejor sepamos aprovechar los momentos.

Dichas transiciones entrañan desafíos apremiantes. Recientemente, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha mostrado un cuadro de estimaciones de las futuras transformaciones en el mercado de trabajo cuyas repercusiones amenazan con socavar las reglas de una prosperidad compartida que han mantenido a las sociedades cohesionadas, erosionando la confianza en las instituciones democráticas. Del mismo modo, distingue, de manera acertada, tanto los cambios provocados por los cambios tecnológicos, como aquellos derivados de los procesos de transición y adaptación a las políticas medioambientales.

Regulación y control

Llama la atención que los primeros son más intensos que los segundos; y que estos últimos, los procedentes de los procesos de transición medioambiental, pueden contribuir a la creación de muchos puestos de trabajo en la medida que resulta necesaria la aplicación de medidas de regulación y control de muchas actividades y procesos productivos.

Frente a este análisis de los cambios, que pueden ser generados por la nueva era de automatización, emergen algunos profetas que se pronuncian en contra y tratan de alarmar sobre las consecuencias. La base de sus tesis radica en propagar la idea de que la automatización genera un aumento de la inseguridad y un incremento de la incertidumbre. Y en base a estos dos elementos, construir un relato en el que se justifiquen los movimientos de repliegue de las sociedades y, con ello, el potenciamiento del individualismo, el aislamiento y el populismo. De ahí las constantes críticas a los nuevos desarrollos productivos y tecnológicos; y la constante reivindicación de la vuelta al pasado. En el Renacimiento pasó lo mismo y con la Revolución Industrial el esquema fue muy similar.

Es de esperar, por lo tanto, que la polarización/fragmentación/ segmentación del empleo no continúe indefinidamente; y que las nuevas políticas a adoptar, ante la expansión de las dinámicas de la digitalización y la automatización, no contribuyan a alimentar los peligros relacionados con la extensión de formas de trabajo que no sean ni empleo asalariado ni autoempleo. Aquí es donde radica el quid de la cuestión. Y, por tanto, la sabiduría de las clases dirigentes, ya sean empresariales, sociales y, cómo no, institucionales.

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