Laberinto latinoamericano


Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

Ni con fundamentalismo de mercado ni con atajos populistas: América Latina no acaba de encontrar soluciones para salir del atraso económico. Hubo unos años, los primeros de este siglo, en los que varias economías de esa región parecían haber encontrado sus círculos virtuosos de crecimiento, estabilidad y reducción de la pobreza. El caso de Brasil -el Brasil de Lula- era sin duda el mejor ejemplo, que se presentaba ante el mundo como el modelo casi ideal para dejar atrás la miseria: una combinación de políticas macroeconómicas con pocas concesiones a la retórica y un conjunto de acciones que buscaban la extensión de las clases medias mediante ambiciosos programas redistributivos. Hasta más o menos el 2014 el éxito de esa política apenas se cuestionaba, pero desde entonces todo da la impresión de venirse abajo en aquel país, y aquellas conquistas en buena parte se han visto arruinadas.

Pero es el comportamiento económico del conjunto de la región lo que en los últimos años resulta muy decepcionante, y según todos los pronósticos -por ejemplo, el reciente del FMI- el futuro inmediato no va dar ninguna alegría. En el 2019 la tasa de crecimiento apenas superará el 0,2 %, mientras que en el 2020 mejorará algo (en torno a un 1,8 %), pero estará lejos de lo que aquellas economías necesitan. Y junto a ello, las mejoras en la reducción de la pobreza (bastante importantes en diversos países como Ecuador o Bolivia, además del ya citado Brasil) se han detenido bruscamente. Así se entiende que un reguero de disturbios se esté extendiendo por buena parte del subcontinente, sobre todo en los países andinos: la marea de malestar, presente también en otras partes del mundo, parece vivir allí un fase aguda.

En realidad, cada una de esas economías está perdida en su propio laberinto. Al igual que las familias desgraciadas del comienzo de Ana Karenina, los problemas económicos y sociales de aquellos países lo son cada uno a su manera. La actual crisis argentina, que empieza a recordar mucho a las del pasado -por su inflación descontrolada, el derrumbe de la divisa y la amenaza cada vez mayor de impago de la deuda-, poco tiene que ver con la chilena, y menos aún con las de Perú o Ecuador. Sin embargo, hay un fondo común a todas ellas, una serie de rasgos problemáticos compartidos, que amenazan con dejar efectos para un largo tiempo. Cabe destacar los tres siguientes.

En primer lugar, está la persistencia de una gran fosa de pobreza: en torno a un 30 % de la población del conjunto del área, un tercio de lo cual sería pobreza extrema, que además ha crecido durante la última década. Algo que se levanta no solamente como la principal causa del ya mencionado malestar social, sino también como un lastre de primer orden para el crecimiento económico. Y este el segundo gran problema: ni la educación, ni la tecnología, ni la eficacia de los Estados, ni -como decimos- las pautas de distribución de la renta, dan muestras de una verdadera mejoría, lo que no favorece una dinámica de crecimiento sostenido en el largo plazo. No es extraño, por tanto, que persista un elevado grado de volatilidad económica, las idas y las vueltas, compatibles con una línea de estancamiento de fondo. Además, lo que se podría convertir en una fuente de ganancias para todas y cada una de esas economías, su creciente integración, se ha venido estrepitosamente abajo en los últimos años. En tiempos de amenazas de guerra comercial, no es esa la mejor tarjeta de presentación.

Y en tercer lugar, está la desconfianza ante la política, que en esos países es algo extremado y sostenido sobre buenas razones. Dificultades económicas y desorden político: malos mimbres para salir de un laberinto.

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