La soberanía


Hay reflexiones que pocas veces nos hacemos, una de ellas es «¿Qué demonios es España?» Y, con ello, no quiero entrar en el discurso del nacionalismo, y menos, en el de la independencia. Esa es otra guerra. Quiero situarlo en el de aquellos que nos sentimos españoles o, al menos, tan españoles como gallegos, vascos, catalanes, navarros.... Quiero situarlo en la esfera de aquellos que nos sentimos orgullosos de vivir en España, salvo que esta agreda a nuestro espacio más íntimo, en mi caso, Galicia.

El sociólogo de la London School of Economics, ya fallecido, Anthony Smith, creó una definición de síntesis, ampliamente aceptada en el campo de la ciencia política, una nación es «una comunidad humana con nombre propio, asociada a un territorio nacional, que posee mitos comunes de antepasados, que comparte una memoria histórica, uno o más elementos de una cultura compartida y un cierto grado de solidaridad, al menos, entre sus élites». A partir de esa posición, tocaría avanzar en las dos columnas que la soportan, la soberanía compartida y el fortalecimiento de los lazos comunes.

Este camino, empoderamiento del concepto nación y posterior fortalecimiento, deberíamos haberlo iniciado con la transición española y, después de cuatro décadas de camino, tendríamos que estar en uno de los momentos dulces de nuestra historia. Sin embargo, ha ocurrido lo contrario, nos hemos puesto de sabático y hemos dejado que los partidos nacionalistas realizasen su recorrido, lo cual no está mal, siempre que este discurso no entre en colisión con el propio concepto de nación española.

Decía Winston Churchill que, si comenzamos una discusión entre el pasado y el presente, descubriremos que hemos perdido el futuro y, sinceramente, creo que tiene razón. Así que permítame que le haga una sola pregunta y de futuro ¿Quiere una España de diecisiete sistemas fiscales o una sola? Si apostáramos por diecisiete, como así hicimos, ¿Cómo cree que queda su soberanía? ¿reforzada o debilitada? Y este es el tema y no otro. Cualquier decisión federalista puede ser correcta, pero solo hasta el punto en que no debilite la soberanía del resto de la nación.

Si su educación, su sanidad, sus puertos, sus infraestructuras, sus guarderías, sus geriátricos... son peores al del resto de la nación, por causa del ejercicio de una de nuestras autonomías, ¿en qué sentido evoluciona su nación?, ¿se construye o se deconstruye?

Isabel Díaz Ayuso, hace unos días, nos avisó, Madrid va a ser el paraíso fiscal de España. Su decisión es legítima y, posiblemente, en su lugar haría exactamente lo mismo, pero hoy, su posición, para España es más dañina, y no me estoy equivocando, que la que defiende Puigdemont y Junqueras. Los independentistas catalanes, en su acción política, esencialmente perjudican a Cataluña, Díaz Ayuso, al conjunto del país, a excepción de Madrid.

Ningún país que tenga dos dedos de frente puede permitir que exista discriminación fiscal, salvo que esta sea positiva, lo cual no es el caso ¿Nos sentimos cómodos permitiendo que algunos no paguen impuesto de patrimonio, sucesiones o un menor IRPF? Pues apliquemos esa política al conjunto de los españoles ¿Que no toca? Ya, pero toca tener ocho mil municipios. ¡Bueno... Ah! Y si en algún momento creemos que deben ser solo unos pocos, entonces que sean los que viven en las comarcas en declive demográfico, que sean los que viven en Ourense, Zamora, Soria, Palencia, Cuenca, Jaén... Y, ¿por qué? Para devolverles su soberanía y si no queremos conferírsela, entonces, a estos sí y no a otros, dejémosles que se marchen de un país que los maltrata. Pero no, no lo harán, y es que en ellos reside la verdadera esencia de esta nación. Ellos nunca nos abandonarían.

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