Dimensiones de las ciudades inteligentes

Dado que de aquí a las próximas tres décadas, dos tercios de la población se concentrarán en entornos urbanos, se proponen las alternativas que deberían tenerse en cuenta para mejorar la calidad de vida de sus habitantes.


Según las previsiones de Naciones Unidas, la población se habrá duplicado en el 2050 y dos tercios de ella vivirán en las ciudades. Los problemas recurrentes derivados de una rápida urbanización y de un desajuste entre las posibilidades y las potencialidades supondrán una acelerada pérdida de funcionalidad en lo tocante a las políticas urbanas y un evidente proceso de ineficiencia y de dificultad para gestionar un espacio colectivo. Esta deteriorización de las políticas urbanas, constatada en los últimos años, ha llevado a ciertos especialistas y a determinados políticos a definir algunas medidas destinadas a mejorar la forma de cómo las ciudades funcionan y cómo se deben afrontar y solucionar los problemas del día a día.

Las ciudades pasan a estar vinculadas con los programas de desarrollo humano y social, a la vez que comienzan a proliferar iniciativas relacionadas con las ciudades inteligentes, como una respuesta estratégica de los gobiernos locales. Pero, ¿qué son las ciudades inteligentes? Una definición simplista nos diría que son aquellas que desarrollan innovaciones basadas en las tecnologías. Otros, sin embargo, incorporan objetivos que se centran en la mejora de la calidad de vida de sus habitantes, en la eficiencia de las operaciones públicas, y en el crecimiento económico local.

El término Ciudad Inteligente (smart city) fue acuñado inicialmente en la década de los noventa del pasado siglo y está ligado al uso de la tecnología de la información y comunicación (TIC). Dicho planteamiento es muy criticado, más tarde, al entender que al estar vinculado solamente con el uso de tecnologías se margina el papel del capital social y las propias relaciones de desarrollo urbano. En consecuencia, a comienzos del siglo XXI, el término ciudad inteligente se redefine como aquel espacio que monitorea e integra las condiciones de toda infraestructura pública (calles, puentes túneles, transportes, agua, energía, zonas verdes, etc.) con el fin de garantizar la maximización de los servicios ofertados a los ciudadanos. Sin embargo, tal concesión sigue siendo cuestionada por su falta de compromiso y, sobre todo, por la carencia de espacios de participación en los órganos de decisión. De ahí, que la crítica se sustente en el abuso de los criterios de inversión en tecnología, y en la carencia de acciones tendentes a integrar a los ciudadanos y a poder garantizar una gobernanza y una presencia activa en la toma de decisiones. Maimunab Mohd Shariff, directora de ONU-Habitat, lo definió recientemente, de forma muy clara «la ciudad inteligente no implica tecnología punta».

Los últimos estudios en torno a la clasificación de las ciudades inteligentes nos permiten abordar un análisis tanto cuantitativo como cualitativo de las dimensiones que abarcan, así como evaluar el grado de satisfacción de los ciudadanos.

Los principales aspectos a destacar los clasificamos en seis ámbitos: En primer término, se examinan los indicadores que reflejan la economía inteligente (comprenden el espíritu innovador; los niveles de emprendedorismo; la imagen económica y la marca-ciudad; la productividad; la flexibilidad en el mercado de trabajo y la inserción internacional). En segundo lugar, se contabilizan los indicadores relacionados con la movilidad (es decir, la accesibilidad local, la accesibilidad al hinterland intermunicipal; la disponibilidad de infraestructuras de las TIC; el transporte público sostenido, innovador y seguro). El tercer apartado hace referencia a los indicadores medioambientales (a saber, las condiciones de atractividad natural, la contaminación; la protección ambiental; y la gestión sostenible de recursos). En cuarto término, se sitúan los indicadores vinculados a la ciudad inteligente (incluyen el nivel de cualificación, la pluralidad social y étnica, la creatividad, la tolerancia, la participación en la vida pública, por ejemplo). En quinto lugar, se inscriben los indicadores de vida inteligente (como por ejemplo, las facilidades culturales, las condiciones de salud, la seguridad, la calidad de la habitabilidad, las facilidades para la educación, la atracción turística, y la cohesión social). Por último, están los indicadores relacionados con el gobierno inteligente (donde medimos la participación en la toma de decisiones: los servicios públicos y sociales, y la transparencia en la gobernanza).

Atendiendo a estos indicadores, no cabe duda de que las ciudades inteligentes son aquellas que generalmente procuran identificar problemas con soluciones, aquellas que aumentan la calidad de los servicios ofrecidos a la población, y aquellas que se muestran muy activas en la elaboración de proyectos y actuaciones. En suma, desean aumentar las posibilidades de los ciudadanos en conseguir que el desarrollo sea sostenible. Por eso, no es bueno, mostrar únicamente un relatorio de pensamientos sin revelar las acciones a llevar a cabo. Es parecido a lo expresado en la película de Dick Tracy, cuando el personaje exclamó «atención, atención, un momento, que me viene un pensamiento» o, como aquel otro político gallego, ya fallecido, que tituló uno de sus libros de esta guisa De la acción al pensamiento, como si primero atizáramos a alguien y luego queremos justificarlo.

Por tanto, las ciudades inteligentes deben contemplar y dar repuestas a varios contextos, situaciones e informaciones. Un esquema a seguir, podría ser el siguiente: plantear unos indicadores de habitabilidad acordes con un índice de prosperidad. Entonces, seguiríamos un análisis parecido a este:

1. Economía inteligente. Conocer cuáles son los motores del crecimiento, la presencia empresarial, los niveles de empleo y las inversiones desplegadas.

 2. Movilidad inteligente. Conseguir calidad en el transporte, elevados niveles de accesibilidad y altos grados de utilización por parte de la población.

 3. Ambiente inteligente. Lograr niveles de aceptación y satisfacción de la población en cuanto a contaminación, salud pública, protección ambiental, uso de recursos sostenibles (energía y agua) y grado de conciencia ciudadana.

 4. Ciudad inteligente. Ambicionar estructuras de cualificación de la ciudadanía, escolaridad, red pública de bibliotecas, y niveles de orgullo de ciudad.

 5. Vida inteligente. Desarrollo de eventos culturales, referencias públicas internacionales, competiciones deportivas, expectativa de vida, seguridad pública, y utilización de tecnologías.

 6. Gobierno inteligente. Garantizar la representación política, tecnologías en las escuelas, y mecanismos de solución de controversias.

Hoy en día, las ciudades centran la atención de manera transversal y, en la mayoría de las ocasiones, de forma desordenada y sin prioridades. Por eso, los resultados finales son escasos y los niveles de satisfacción o de respaldo de los ciudadanos, salvo excepciones, reducidos. Escudriñando las últimas investigaciones tenemos que las tres acciones que concitan un mayor respaldo serian aquellas vinculadas a las estrategias relacionadas con la ciudadanía, el ambiente y la economía inteligente; y,las que presentan más dificultades en obtener mejores ratios a corto plazo son las referidas a la gestión, vida y gobierno inteligente.

En suma, espero que algunos de los actuales gobiernos locales no caigan en la tentación de aislarse tecnológicamente. Por el contrario, deseen ser inteligentes a la hora de formular una ciudad como un todo orgánico, formando una red y un sistema ligado. Y, sobre todo, que nunca actúe en solitario, sin comunicación y sin participación. Porque, como ya he recomendado a anteriores y actuales alcaldes y alcaldesas «el simple hecho de infundir inteligencia en cada subsistema físico, de agua, de seguridad pública, de transportes, etc., no es suficiente para lograr ser una ciudad inteligente».

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