La adicción a la deuda

La intensidad del endeudamiento de las administraciones ha estado siempre bajo el foco de la comunidad académica y la opinión pública porque los gobiernos de todo color e ideología han mantenido este recurso en sus agendas de forma impenitente. Trivializar su uso puede resultar a la postre tan tóxico como abusar del mismo, especialmente en un momento económico como el actual, en el que el debate sobre su conveniencia ha acabado por acaparar un especial protagonismo.


Catedrático de Hacienda Pública de la Universidade de Santiago

Recuerdo que el Código Civil establecía, y supongo que todavía lo hará, que cuando una obligación no indicase la diligencia que habría de prestarse en su cumplimiento, se exigiría la que correspondería a un buen padre de familia. O madre, añadiríamos hoy, con toda justificación. Se tomaba, pues, el tipo medio de persona diligente. Tales progenitores, seguramente, nunca contraerían deudas que no pudiesen pagar, por ejemplo. Ya lo decía la Biblia, por citar un texto clásico, «el rico domina a los pobres y el que toma prestado es esclavo del prestamista». Podríamos también dar un salto en el tiempo y situarnos en la Escuela de Salamanca, allá por el siglo XVI, de la mano de los escolásticos y su teología moral, para quienes la usura no estaba asociada a los altos tipos de interés, sino al cobro de un precio indebido. Como vemos, la cuestión del préstamo no es de ayer y los economistas clásicos, diciéndolo de forma muy simple, consideraban que si los gobiernos se endeudaban, deberían hacerlo para financiar inversiones autoliquidables, es decir, que acabasen por aportar rendimientos que sirviesen para afrontar el pago del capital y los intereses. En definitiva, una perspectiva bastante similar al enfoque del endeudamiento privado. Y si había catástrofes que exigiesen una financiación extraordinaria, sin recurrir a levas y cosas por el estilo, el propio Adam Smith recomendaba utilizar deuda, pero generando al mismo tiempo lo que hoy llamaríamos superávit primario, para ir cancelándola.

La deuda, tanto en el plano individual como en la agenda de los gobiernos, ha estado siempre presente, con diferentes intensidades. Pero su funcionalidad y su carga ha sido objeto de múltiples interpretaciones a lo largo del tiempo. No es este el lugar para aburrir con exposiciones teóricas, así que vayamos a lo que cualquiera puede ver hoy en día. ¿Que las Administraciones públicas andan con estrecheces? A cubrir los déficits con deuda. Ya no se teme al efecto bola de nieve, aquello de emitir deuda para pagar intereses, puesto que la refinanciación no tiene solución de continuidad. Subir los tributos o reequilibrar la distribución de su carga tiene elevados costes políticos, así que detrás vendrá quien bueno te hará: deuda al canto. Llegado el caso, también la deuda puede ser el líquido milagroso que apaga incendios provocados por banqueros indecentes. En fin, no se puede pedir más. Pero en determinadas circunstancias de las economías, esta forma de financiarse puede expulsar al sector privado de los mercados financieros, vía tipos de interés o vía cantidad. Y un dopaje casi a perpetuidad a base de endeudamiento resulta sospechoso y de difícil sostenibilidad.

Política presupuestaria

Sin embargo, esas circunstancias que hoy definen el marco de la economía prácticamente mundial, tienen algunas particularidades. En primer lugar, seguir exprimiendo la política monetaria tiene limitaciones evidentes, por lo que la vista ha de volverse a la política presupuestaria. Lo ha dicho con claridad Olivier Blanchard, antiguo economista jefe del FMI: un aumento del déficit se justifica cuando el gasto público tiene un rendimiento social más elevado que el coste de financiación de la deuda. En un escenario en el que los tipos de interés son tan extraordinariamente bajos, el nivel de endeudamiento pierde la acuciante gravedad de otros tiempos. Aunque, habría que añadir, los mercados pueden no entenderlo y mostrar su enfado subiendo las primas de riesgo.

Estamos, sin duda, ante un gran debate, de esos que merecen la pena, pues en él se juega la posibilidad de iniciar políticas menos temerosas. Porque si el crecimiento del PIB, que se ha reiniciado, lo hace a una tasa mayor que la del aumento de los tipos, los gobiernos podrían refinanciarse más cómodamente. El riesgo, sin embargo, existe, aunque no parece que el coste del dinero vaya a sufrir oscilaciones relevantes en el corto y medio plazo. Pero si los compradores de deuda, por lo que sea, exigen intereses más elevados -las coyunturas políticas lo pueden inducir en algunos países, entre ellos el nuestro-, los equilibrios macro pueden verse afectados. Si eso no ocurre, la hipótesis de Blanchard parece correcta, permitiendo cebar la bomba por la vía de la demanda global.

Realmente, en unos momentos en los que el crecimiento es débil, las desigualdades muy marcadas y los tipos de interés a la baja, la austeridad no es la mejor receta. Citemos a Keynes, aunque pueda molestar a algunos: «El buen momento para la austeridad es la expansión, no la recesión». Mas seamos cautos, porque estos argumentos en manos de políticos desaprensivos, por incompetentes, que los hay, podrían llevar a alocadas políticas de gasto, sin sentido alguno. Hay algunas cosas más y no secundarias, sobre todo para países que pertenecen a una unión monetaria, como es el caso de la UE. Determinados estados miembros son más débiles a ojos de los inversores, que demandarían primas crecientes, solo contenidas por la acción del Banco Central, pero eso induciría problemas de gobernanza para el conjunto, en ausencia de mecanismos de solidaridad efectivos.

Llegados a este punto, es inevitable volver a poner sobre la mesa las reglas de Maastricht, porque las circunstancias han cambiado mucho, siempre y cuando se mantenga lo esencial de la filosofía que llevó a su implantación. Una mayor flexibilidad facilitaría la implementación de políticas anticíclicas, que alcanzarían su óptimo si se pudiese disponer de un presupuesto común. La distribución de riesgos entre países es, no obstante, un asunto espinoso y no solo pensando en los miembros del este, véase el caso italiano sin ir más lejos. Mientras tanto, la coordinación debería reforzarse y, a mi juicio, los eurobonos también ayudarían bastante. Muy complicado, es verdad, pero el populismo acecha con sus simplistas recetas, fáciles de comprar, y de resultados imprevisibles.

Debate productivo

Hagamos ahora el contrapunto: ¿y si la economía concluye bruscamente su ciclo expansivo, sin tiempo a adoptar eficazmente medidas efectivas? No se podría «seguir cantando la misma canción sobre el mismo camino», que diría el general De Gaulle. Como alguien apuntó con humor, la deuda es silenciosa como la diabetes, mientras el PIB crece. Volvamos a la prudencia, a la ponderación, contrapeso de las brillantes y necesarias tesis de laboratorio. La deuda pública no es buena ni mala en sí misma, depende de las circunstancias. Y si lo hacemos mal con el gasto público, financiémoslo con impuestos o con endeudamiento, no va a ser decisivo. Que el debate sobre la deuda abra ventanas a un relativo ennoblecimiento de ese medio financiero, no libera a los gobiernos de sus responsabilidades. Y tampoco se ha de olvidar que no es lo mismo el corto que el largo plazo, porque el no problema ahora, puede llegar a serlo dentro de diez años. Tan pernicioso resulta obsesionarse con la deuda como banalizarla; tan absurdo es deslizarse por terraplenes moralizantes, como pensar que todo lo que se debe es orégano.

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