El dinero


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

Al término de la Segunda Guerra Mundial, una parte de la inteligencia marxista se enfrentó a determinados liberales. Lo hicieron en el marco del debate calificado como Cálculo Económico del Socialismo. Una discusión dormida que, en mi caso, vivía en el sueño de los justos. Pero la semana pasada tuvo lugar un diálogo entre el secretario xeral de Universidades y una parlamentaria del BNG que lo despertó. El pensamiento marxista defendía una máxima clave: las necesidades de la sociedad eran objetivas, sabidas. Por tanto, lo natural era que el Estado intentara satisfacerlas. Superada esta primera línea, la segunda era quién debía poseer los medios de producción, y la lógica indicaba de nuevo que el Estado. En dos jugadas, el marxismo había impuesto su lógica. Los liberales entendieron que o discutían el primer supuesto o perdían el debate. Por ello, postularon que las necesidades eran subjetivas y que nadie era capaz de conocerlas, por tanto, solo el mercado debía satisfacerlas. Defendieron la libertad individual y la existencia de mercados limpios o eficientes. Aunque el marxismo naufragó, quedan quienes se creen conocedores de las necesidades de los demás y entienden que ellos y solo ellos son los llamados a satisfacérselas.

Lo curioso es que este pensamiento tiene más de un aliado entre algunas capas conservadoras. Les une su aversión al dinero empresarial. Unos por su imagen del capitalismo, otros beben de un desprecio que nació en la Edad Media. La Iglesia establece la actitud que el cristiano debe tener para con el dinero y el uso que ha de darle. Defiende que la verdadera riqueza no es de este mundo. Explicar con detalle cómo se puede obtener sería exaltarlo y, por extensión, ningunear la riqueza espiritual. Esta visión se desarrolla, en nuestro constructo cultural, desde la época de Constantino a San Francisco de Asís. La Iglesia florece y con ella contrapone su espiritualidad frente al discurso decadente de Roma y Bizancio. En los siglos XV y XVI, se recupera ese mensaje perdido para saquear al pueblo judío, y lo hacen de la mano de los evangelios, esencialmente de Mateo (6, 24): «Nadie puede servir a dos señores […]. No podéis servir a Dios y a Mamón». Mamón designa, en el judaísmo tardío, la riqueza inicua (19, 23-24): «Difícilmente un rico entrará en el reino de los cielos». Lucas (12, 33): «Jesús dice a los ricos: vended vuestros bienes y dadlos en limosnas».

El dinero, tanto por deriva cultural y/o religiosa o ideológica, se aproxima al pecado o a lo no deseado. Tanto, que en España hemos acuñado un término elogioso: organización sin ánimo de lucro. Por ello, el secretario xeral de Universidades, cuando deseaba convencer de las bondades de una nueva Universidad a la parlamentaria del BNG, hacía hincapié en este concepto y recalcaba: «No ganarán dinero».

En el mundo anglosajón, si se produjera este mismo diálogo, no hablarían de públicas o privadas, y mucho menos de organizaciones sin ánimo de lucro, sino de For Profit y Not Profit Universities. De aquellas que reparten dividendos y las que no lo hacen, porque el debate no ha de ser si ganan dinero o no, es obvio que tienen que ganarlo, sino el destino, es decir, si este se dirige a investigación, a una fuerte política de becas, a infraestructuras, a docencia, o si contemplamos también el pago de dividendos a la propiedad. No pensar que la Universidad busque espacios de rentabilidad solo implica creer que la institución debe ser un ente subsidiado y, por tanto, supervisado por el Estado. Y puestos a hablar de unidades de gasto, creo que en esta Xunta hay exceso de aquellos que, en línea con el pensamiento cristiano medieval, estiman que lo importante es la nobleza de cómo se gasta y no la ordinariez de cómo se genera.

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