Inmigración, tres problemas


Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

Trescientos mil, este es el número de personas que cruzaron el Mediterráneo para llegar a Italia durante el 2016 y el 2017. Si el viaje es en lancha neumática, las mafias cobran entre 500 y 1.000 euros; si el tránsito es más seguro, puede llegar a los 7.000 euros. Es decir, los que embarcaron a los inmigrantes africanos han movido en los dos últimos años, como mínimo, trescientos millones de euros. A mayores, tienen a sus espaldas unas 6.000 muertes, como las de los tres bebés del otro día. ¿Esto es un problema, o no?

Trescientos millones en el Magreb compran muchas voluntades. Bueno, eso tampoco hay que explicárselo a un español, harto de ver cómo alcaldes giran la cabeza para otro lado a cambio de meros regalos, como un Jaguar o una fiesta de cumpleaños para los niños.

Lo que nos toca es enmarcar el problema. Y realmente no hay uno, tenemos al menos tres: el origen, el tránsito y el destino. Hablar de origen supone hablar de política exterior en África central y de cómo terminar con el neocolonialismo francés, generando las bases para un desarrollo económico sostenible en el Sahel y en el Golfo de Guinea. ¿El tránsito? De nuevo política exterior, en primer lugar, para ayudar a Libia a estabilizarse políticamente y, en segundo lugar, para tejer alianzas, como la que hemos creado con Turquía. A las naciones del Magreb les ha de ser «rentable» hacer frente a las mafias. Y, por último, el destino. Hay que regular la puerta de entrada en Europa. La residencia no puede ser un premio para quien ha sobrevivido al Mediterráneo. Y conste que es lo que le pediría el cuerpo a más de uno. A mí, seguro. Pero esa decisión generaría un efecto llamada que, con toda seguridad, nos iba a desbordar.

Un par de datos que creo necesarios. La población de Nigeria, el coloso del golfo y principal nación de origen de los inmigrantes que llegan a Italia, es hoy de 196 millones de personas. Dentro de diez años serán 250 millones. Si un habitante de Abuya, la capital de Nigeria, decide subirse a un coche, se dirige al Sahel de Níger y de ahí al Sáhara por Argelia, en 59 horas ha llegado a Melilla. A Trípoli tarda lo mismo. Este dato lo sabe usted ahora, lo sé yo y hace muchos años que lo saben las mafias de trata.

Fíjese, por dos veces hablé de política exterior, justamente una de las muchas cosas de las que adolece la Unión Europea. Ahora, eso sí, Francia ya ha liderado la creación de una fuerza armada con el Reino Unido, Alemania y España. Y no está mal que se cree, pero no han de ser los fusiles los que construyan los muros de Europa, sino los sueños de futuro a los que pueda acceder un africano.

Dicho esto, el envejecimiento de Europa es una realidad tan potente como la de la inmigración. Obvio que necesitamos su juventud, aunque solo sea para que coticen para nuestras pensiones. ¿Un problema? Entre otros, su nivel de instrucción, ostensiblemente inferior al de los jóvenes europeos. Si este es el problema, la solución parece sencilla, hay que empezar a plantearse, esencialmente a través del capital privado, una red de centros de educación superior en el exterior. ¿Considera una estupidez un centro español de formación profesional en Lagos, Nigeria? Yo no. Y creo que la industria española tampoco. Tampoco los británicos lo verían anormal. Miren para Asia. El problema es que África central es de ascendencia francesa y en París, al igual que en Madrid, los burócratas del Estado siempre han visto con recelo tanto sus pérdidas de poder como el desarrollo de la iniciativa privada.

Este es un mundo extraño. Vemos como un crimen exportar educación, pero a la vez entendemos que es natural vender armas con las que explotar y matar a otros. Quizás la ignorancia es muy rentable para algunos.

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