Pero? ¿por qué echamos a Napoleón?

Francia acaba de aprobar un plan para respaldar la investigación en inteligencia artificial dotado con 1.500 millones de euros hasta el 2023 e inspirado en un informe elaborado por varios de sus científicos más respetados. Mientras, España dejó el año pasado sin ejecutar un 70 % del presupuesto destinado a I+D, una coyuntura que se repite ejercicio tras ejercicio y que evidencia la ausencia de una apuesta decidida por un ámbito estratégico a las puertas de la cuarta revolución industrial


Presidenta de la Asociación Española para la Inteligencia Artificial y presidente de la Sociedad Científica Informática de España

Ahora que hace más de 200 años de aquel 2 de mayo, esta pregunta nos la hacemos los científicos españoles que trabajamos en inteligencia artificial (IA); y quizás los de otras disciplinas. Han aparecido recientemente dos noticias que ponen de manifiesto una distancia entre Francia y España que va más allá de los Pirineos.

El presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, presentaba el 29 de marzo pasado la estrategia de su país en el campo de la IA: La IA al Servicio de la Humanidad, envuelto en la grandeur simbólica de los colores de la bandera y del escenario del Collège de France.

Se trata de una estrategia a medio plazo basada en un informe de sus científicos más brillantes, que el Gobierno francés va a apoyar con una inversión de 1.500 millones de euros para respaldar a la investigación durante los próximos cinco años. Enarbola un «aquí estamos nosotros, Francia», frente a China y a EE.UU., por ese orden los mayores inversores en la investigación mundial en esta área. Los puntos claves los desgranamos a continuación: una política agresiva sobre la recogida y utilización de los datos (en la actualidad, la mayoría de las plataformas que recogen estos datos en Europa son estadounidenses). Un conjunto reducido de cuatro sectores estratégicos en los que el país tiene potencial (medio ambiente, transporte, seguridad y defensa). Un plan de captación de talento en el que se habla de la creación de una red nacional de centros de investigación, repartidos por el país, con la dotación de potentes infraestructuras de computación, y de la imprescindible mejora de las condiciones de los investigadores: estabilidad de su carrera, mejores sueldos. Y apuesta por la interacción entre la investigación pública y la industria.

El informe, por cierto, realizado en 6 meses (desde el 8 de septiembre del 2017 y el 8 de marzo del 2018), sigue con un plan de control del impacto de la tecnología en el empleo, un plan de transición a una economía más ecológica, y describe la necesidad de tener en cuenta aspectos éticos y de diversidad en la nueva economía 4.0 que nos espera a la vuelta de la esquina.

El presidente Macron dice que Francia y Europa tienen una manera diferente de hacer las cosas frente a los gigantes de la tecnología, China y EE.UU., y nos invita al resto de los países de la UE a seguirlos.

Mientras tanto, en España el titular que nos despierta es este: «España solo ejecutó un tercio del presupuesto para I+D+i en el 2017». Y eso que el presupuesto no para de reducirse año a año. Si nos retrotraemos un poco más, veremos que el Ministerio de Economía solo gastó a su vez un tercio de lo previsto en el 2016, y que en el 2015 el Estado solo consumió la mitad de lo presupuestado para I+D. Esta falta de ejecución del gasto público provoca que el recorte aplicado a la investigación sea mucho mayor de lo plasmado en los presupuestos: en el 2015, el dinero realmente empleado por el Estado y sus organismos se desplomó desde los 8.468 millones del 2009 hasta los 3.963 millones, un recorte real del 53 %, bastante por encima del 30 % que se desprende de los presupuestos, y que ya ha sido ampliamente denunciado y criticado, entre otros organismos, por la Confederación de Sociedades Científicas de España (Cosce) en sus informes anuales.

La situación en España es trágica. Somos un país que nunca se destacó en su interés por la investigación, que ha hecho prósperos a otros países de nuestro entorno, como la propia Francia o Alemania, que han aumentado sus presupuestos en I+D y en educación como respuesta a la crisis económica. Nuestros investigadores no solamente tienen que competir duramente por la financiación necesaria para sus proyectos en un escenario continuamente menguante, sino que además lo hacen también con grupos de investigación cuyos recientes doctores han trasladado su capacidad y su talento a otros países, normalmente del entorno europeo, en el que siguen desarrollándose como investigadores ya sénior.

La experiencia es similar en todos los grupos de investigación españoles. Exportamos, sin prácticamente opciones alternativas, el talento que se ha fraguado a golpe de tiempo, esfuerzo y dinero del sistema educativo español.

La fuga de esos doctores descapitaliza nuestros equipos, que deberían contar con una distribución de edades que haga más eficiente el trabajo y que no ponga en grave peligro el relevo necesario en nuestras universidades y grupos de investigación. Por otra parte, cuando esos jóvenes quieren volver, el país no dispone ni de la infraestructura ni de los programas necesarios, y se encuentran con un escenario en el que las becas disponibles son escasísimas y de dotación económica mileurista, para investigadores que pueden percibir el triple de esas cantidades en el extranjero.

No solo es la diferencia salarial lo que cambiarían al volver. En países como Alemania o EE.UU., ser doctor es un símbolo de estatus social; aquí no lo es. La vida profesional en España tiene un comienzo tortuoso y largo, inestable, incierto; con suerte se podría encontrar una estabilización alrededor de la cuarentena.

En definitiva, sigue vigente el espíritu del ¡que inventen ellos! de Unamuno. La ciencia y la tecnología casi siempre han sido en nuestro país una realidad marginal en su organización y contexto social. Nuestros políticos no han tenido la sensibilidad necesaria para cambiar esto, pero nuestra sociedad tampoco se lo reclama. La situación actual no nos permite construir un país en el que nuestros hijos puedan crecer en un estado de bienestar, y puedan desarrollar una carrera tecnológica con ciertas garantías de estabilidad, respeto social y soporte económico.

Así que en el contexto europeo solo podemos decir: Vive la France! Aunque tampoco podemos gritarlo muy alto, plantar cara a China y EE.UU. es un buen plan, la IA está marcando esta cuarta revolución industrial, pero 1.500 millones de euros en cinco años son insuficientes. Google o Facebook invierten en este capítulo entre 20.000 y 30.000 millones anuales. Para competir necesitamos unirnos. ¿Responderemos a la llamada de Francia?

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