El tamaño importa


Que la economía española tiene un serio problema de productividad no es un secreto para nadie. Más en concreto, la llamada PTF (productividad total de los factores) presenta bajos valores, e incluso una evolución declinante desde hace tiempo (algunas estadísticas fiables hablan de una caída del 0,7 % interanual en la fase de expansión previa a la crisis). Y la PTF no es una variable cualquiera: sería algo así como el factor final, residual, que le da sentido al comportamiento eficiente de una economía (como contar con un entrenador con el sistema idóneo para un equipo de fútbol).

¿Cuáles son las causas de este dato español, verdaderamente malo? El debate sobre esta cuestión es ya muy extenso, destacando varios candidatos. El primero es, sin duda, el escaso esfuerzo innovador, tanto por parte de la empresa privada como el vinculado a programas oficiales. En segundo lugar figura el déficit en capital humano, que tanto tiene que ver con el hecho lamentable de que no acabamos de tomarnos en serio la educación como factor económico de primer orden. Y tercero, algunos analistas -entre ellos quien esto escribe- llaman reiteradamente la atención sobre la, digamos, muy mejorable calidad de las instituciones (administrativas, judiciales…) sobre las que descansa nuestro sistema de intercambios.

Pero últimamente aparece cada vez con más razones un cuarto factor explicativo: el que asocia el mal comportamiento crónico de la productividad al reducido tamaño de las empresas. Los últimos datos conocidos apuntan a que de las 3.300.000 que existen en España, en torno a un 95 % son microempresas, es decir, tienen menos de 10 empleados, y más de la mitad (un 55 %) no tienen ninguno. Estos datos sugieren la imagen de una Liliput empresarial, que resalta al compararse con lo que ocurre en la mayoría de los países de nuestro entorno: en Alemania, por ejemplo, o en Estados Unidos, el porcentaje de microempresas es bastante inferior (83,5 y 79 %, respectivamente). Es cierto que hay alguna excepción notable; es el caso de Francia, con un tamaño empresarial medio parecido al español, y sin embargo con niveles de productividad bastante superiores. Ello alerta sobre la inconveniencia de colocar todo el peso de la explicación en este único punto. Los tres antes citados tampoco debieran olvidarse.

En todo caso, hay un consenso creciente sobre la conclusión de que el tamaño importa: con datos de dimensión empresarial parecidos a los de Alemania, la economía española sería más innovadora, productiva y competitiva en los mercados internacionales. De igual modo, la duración media de la vida de las propias empresas, hoy muy baja (pues una quinta parte de ellas no supera el año de vida) sería superior. Pero, como apuntan en un documento reciente los profesores Emilio Huerta y Vicente Salas (Tamaño empresarial y productividad de la empresa española. El recurso olvidado de la calidad de la dirección, EuropeG, 2017), esta constatación servirá de poco si no se entra en un debate profundo sobre sus causas. Y aquí, estos autores encuentran tanto factores técnicos, relacionados con la estructura sectorial de la economía, como políticos (mal diseño de los incentivos para impulsar el crecimiento de las empresas) o asociados a cuestiones de organización.

El último asunto tiene un particular interés, pues apunta a la calidad de la gestión, a la vez posible causa y consecuencia del enanismo empresarial medio. Y atención, porque ahí -en unos niveles de dirección y gestión muy mejorables- pudiera estar uno de los nudos de nuestro problema general con la PTF.

Autor Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía de la Universidade de Vigo

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