Los sueños alcanzables


La clase política de España se ha olvidado de las reformas. Asemeja a un cuerpo que, cansado de tanta lucha, dice: ‘Ahora, déjenme respirar’. Ansía instalarse en su zona de confort, sabiendo que nada pasa porque la ausencia de mayoría parlamentaria evita los desmarques. Nada se hace, nadie se diferencia.

La sociedad española, por el contrario, eleva cada día su tono vital, y lo que ayer era ira por la corrupción, la desvergüenza o la insolencia, hoy es expectativa, deseo de cambio. La recuperación económica está haciendo algo más que sacarnos del pozo de la ira. Nos está llevando a la nueva etapa de los sueños alcanzables, la del ¿Por qué no?

Así que, ¡Soñemos! Hace unos días, Pedro Sánchez reclamaba impuestos para hacer frente al pago de las pensiones. Vendas que tapen la herida. Reclamó imposición a las transacciones financieras y un recargo en el impuesto de sociedades. Y como grito de guerra lanzó un: ¡Que pague la banca! Supongo que después miró para Pablo Iglesias. Y no está mal que lo hiciera; lo malo es que es lo único que hace, mirar para esa parte del tablero político.

Retomemos lo de ¡Que pague la banca! Cierre los ojos e imagínese que el Gobierno anuncia a bombo y platillo que va a recargar el impuesto sobre la energía eléctrica y acto seguido le escucha un ¡Que paguen las eléctricas! ¿Qué opinaría? Que lo han tomado una vez más por imbécil. El sistema financiero español lo hemos convertido en un gran mercado de abastos por el cual transitan treinta millones de clientes y solo hay diez placeros. Así que ya se sabe dónde está la fuerza de negociación.

Pero si llegamos a la conclusión de que deseamos pagar más impuestos vía encarecimiento de las transacciones financieras o de los créditos bancarios, el destino de esa recaudación debe ser ir al epicentro del problema, darles una pensión compensatoria a las madres. Habría que analizar cuáles, si a todas o a las que no superen determinados niveles de renta, y/o de qué parte de España, si de la pujante o de la envejecida o que sea universal. En todo caso, tenemos que incentivar económicamente la maternidad de un modo claro y estable en el tiempo. Y hay que hacerlo por dos vías, la primera, eliminándole al sector empresarial el coste de la misma. Las bajas por maternidad no deben ser observadas bajo el prisma de las bajas por enfermedad, esencialmente porque para la sociedad el beneficio es que las primeras crezcan y que las segundas disminuyan. Si esto es así, que es así, toca un tratamiento fiscal diferente, toca discriminación positiva. Es decir, coste cero para la empresa, incremento del período de baja maternal y, por qué no, una reducción de las cargas sociales durante un tiempo a definir para las madres con hijos pequeños. En Europa, más de doce países conceden más de veinte semanas de baja, y algunos, como Suecia, Bulgaria, Noruega o Dinamarca, superan las cuarenta y cuatro semanas. En Alemania, por el primer y segundo hijo se perciben cerca de doscientos euros mensuales, con independencia del nivel de renta, y la cantidad va ascendiendo si se supera este número. Cantidades similares se abonan en Dinamarca, Suiza, Noruega, Suecia, Austria... Incluso Chipre, a pesar de su deteriorado nivel de renta, llega a abonar más de cuatrocientos euros mensuales hasta los 23 años, eso sí, solo para familias que no superen un umbral de renta de 20.000 euros anuales. Adicionalmente, la gran mayoría de países complementan estas ayudas con otras para guardería e incluso para abandono temporal de la vida profesional.

¿A dónde quiero llegar? A un lugar muy simple, acepto que hablen de mi pensión futura siempre y cuando el debate aborde todas las aristas del problema. Quizás para los de mi generación ya sea tarde ¿o no?, pero seguro que nuestros hijos nos agradecerán, en el futuro, que, en este tema, no nos hayamos puesto, una vez más, de perfil.

Por Venancio Salcines Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

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