El pánico del jubilado germano

La flexibilización laboral, las políticas sociales conservadoras y la evolución demográfica deteriorarán las pensiones y elevarán un 20 % los niveles de pobreza entre este colectivo

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Berlín / La Voz

 Un anciano equipado con un carrito de la compra sale a la caza de botellas vacías para después entregarlas en el supermercado y sacarse unos euros a fin de mes. Esta escena se repite a diario en las calles de la primera potencia europea que, pese a gozar de una salud económica excelente con un récord de exportaciones y un desempleo en el mínimo histórico, se enfrenta al reto de mantener su hucha de las pensiones. Al igual que ocurre en el resto de los países desarrollados, la población alemana envejece a pasos agigantados. Una tendencia para la que el sistema aún no ha encontrado una solución, más allá de las reformas liberales implementadas en las últimas décadas, que no han hecho sino aumentar la desigualdad.

Según un estudio reciente elaborado por los institutos DIW y ZEW, el riesgo de pobreza en la vejez se sitúa hoy en el 16,2 % y alcanzará el 20,2 % en el 2036, es decir, uno de cada cinco alemanes mayores de 67 años. De acuerdo con el llamado Panel Socioeconómico (SOEP), que entrevista a unas 30.000 personas cada año desde 1984, los más afectados son las mujeres solteras o divorciadas, los que carecen de formación profesional y los parados de larga duración. El problema es mayor en el este del país, donde todavía hoy sufren las consecuencias de un proceso de reunificación incompleto. Los expertos, que consideran pobre a todo aquel que vive con menos del 60 % de los ingresos medios, aseguran que los grupos de riesgo se mantendrán independientemente de que se siga generando empleo y las rentas continúen subiendo.

Esto tiene que ver con las causas estructurales de la pobreza en la tercera edad. La principal es la flexibilización laboral de los últimos 25 años, que tanta envidia despierta en España, y que ha dado lugar al empleo precario de la mano de los contratos definidos y los denominados midijobs o minijobs, por los que no se cotiza y se cobra un máximo de 850 y 450 euros mensuales respectivamente. Asimismo, la interrupción de la profesión para ejercer la maternidad desempeña un importante papel en un país conservador como Alemania, que con el 21 % ostenta una de las mayores brechas salariales de la UE y en el que solo el 10 % de las madres con niños menores de tres años trabajan a tiempo completo frente al 83 % de los padres. Un patrón relacionado con las políticas sociales del Ejecutivo, que persiguen elevar la natalidad a toda costa, y que permanece invariable desde el 2006.

Ello, unido al envejecimiento de la población, repercute en pensiones cada vez más míseras. Hasta el punto de que el número de jubilados con minijobs ha pasado de 740.000 a 1,02 millones en solo diez años. Aunque actualmente la cifra de los que solicitan una renta básica para poder sobrevivir es menor que la de personas en edad activa que perciben el subsidio de desempleo de larga duración, los investigadores advierten de que pronto las tornas se invertirán. A más tardar, a partir del 2022, cuando se empiecen a retirar las generaciones alemanas del llamado babyboom. Se estima que dentro de dos décadas la cuota de pensionistas que recurren a ayudas estatales habrá alcanzado el 7%.

En los últimos años, el debate sobre la pobreza en la vejez y las jubilaciones insuficientes está en boca de todos. Incluidos los políticos, que han aprobado ligeros aumentos porcentuales, así como subvenciones a los planes corporativos y privados con los que la clase media y alta ahorra desde joven. Sin embargo, estas iniciativas ignoran que para muchos ya es demasiado tarde. Si durante la mayor parte de su vida no han tenido un sueldo adecuado, les corresponderá una pensión estatal mínima y tampoco habrán podido costearse una privada. Por eso, los expertos recomiendan no solo reformar las jubilaciones, sino también las políticas laborales, sociales y educativas para orientarlas a los grupos de riesgo.

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