Ser rico o ser rico


Hace diez días, la fundación que creé hace un año unió a dos de los artistas gallegos vivos más relevantes: Alfonso Costa y Soledad Penalta. A la inauguración acudieron numerosos artistas, y no pocos se quedaron sorprendidos cuando afirmé que el arte hace país. Obviamente, esa palabra en boca de un teórico de la economía reconvertido en empresario solo podía sonar a una cosa, a hacer desarrollo económico, bienestar, identidad, más riqueza para Galicia. Y así se entendió, creo. Lo que no se comprendió por más de uno es la relación causa efecto entre cultura y bienestar económico. ¿Por qué debemos invertir en cultura? ¿Por qué debemos potenciar a nuestros artistas, a nuestros creadores de identidad?

La respuesta se podría encontrar en aquellos economistas y/o filósofos centrados en los sistemas de necesidades de las personas, una línea teórica sobre la cual no me voy a liar, pero a la cual acudo para indicarle que no es una idea feliz de quien le escribe estas líneas y sí algo sobre lo que han reflexionado colegas francamente brillantes. Uno de ellos es Amartya Sen, premio Nobel de Economía en el 98, quien en un ensayo titulado La cultura como base del desarrollo contemporáneo señaliza un par de conceptos, en los que me basaré para escribir las siguientes líneas.

Si le pregunto qué es «ser rico», meditará unos segundos y después responderá. Pero no se apure, hágale esa pregunta a quien está a su lado, observe qué responde, quizás se asemeje a la suya, o quizás no. Esencialmente verá dos tipos de respuesta. Una basada en una idea muy primitiva del crecimiento económico, que estará centrada en la opulencia económica. Usted es rico por acumulación y lo será más si sigue acumulando. Si está en ese caso, no se acompleje, así se mide a los países, por su producción nacional, su renta per capita, su stock de bienes... ¿Por qué iba a acomplejarle realizar una lectura particular de algo que se ha convertido en una verdad universal? Pero hay otra, la que conduce a los valores, y a la libertad y la capacidad para desarrollarlos. Aquí, el rico no acumula bienes, ansía espacios de desarrollo, no busca enriquecer su cuenta bancaria, salvo que ese sea el principio que lo modela como persona, lo que intenta es algo más simple, satisfacer el hambre de sus valores.

Si damos por bueno lo que decía Cicerón en su Tusculanae Disputationes, quien definió, usando una metáfora agrícola, a la cultura como una cultivación del alma y si tenemos claro que el arte define los rasgos más importantes de una civilización, especialmente sus componentes más elitistas y sublimes, podemos concluir que no existe desarrollo personal sin cultura. Pero, algo más, y sin que sirva de norma, voy a recurrir a los intelectuales marxistas para recordar que no es concebible una relación social de producción sin reglas de conducta, sin discursos de legitimación, sin prácticas de poder, sin costumbres y hábitos permanentes de comportamiento, sin objetos valorados tanto por la clase dominante como por la clase dominada. Por ello, un mundo sin cultura es un canto a la opulencia, y una invitación a que otros nos construyan nuestros discursos, nuestras costumbres, nuestros hábitos de comportamiento, a que existan clases dominadas.

Una Galicia sin cultura no hace país, solo hace siervos y con siervos no hay transformación posible. Así que ya sabe, puede ser rico o ser rico, de uno de los modos desarrollará su persona y con ello será fuerza tractora de su país. Del otro, solo será un icono más de la cultura de la opulencia.

Por Venancio Salcines Vicepresidente del Club Financiero Atlántico

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