El sistema DIN cumple un siglo

Famoso en todo el planeta por el DIN A4, el modelo normativo alemán se ha convertido en un éxito de exportaciones que le genera unos 17.000 millones de euros anuales a la locomotora

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Berlín / La Voz

Aunque pueda parecer lo contrario, no es casualidad que el enchufe encaje siempre a la perfección en la toma de corriente, el tornillo en la tuerca y el vaso de café en el posavasos. Si todo a nuestro alrededor funciona, es gracias a las cerca de 34.000 normas que existen en la actualidad. El ejemplo más famoso es el de la DIN EN ISO 216, mejor conocida como DIN A4, que establece que una hoja de papel debe medir exactamente 210 por 297 milímetros. Una norma que data de 1922 y, sin la cual, hoy jamás podríamos introducir los folios en sobres ni impresoras.

Todas nacen en el mismo lugar: el Instituto Alemán de Normalización (DIN, por sus siglas germanas), un organismo independiente que tiene su sede en Berlín, en una plaza que lleva el mismo nombre, y que celebra este año su 100 aniversario. «Las normas constituyen una forma de expresión económica» desarrollada por 32.000 expertos organizados en 69 comisiones, asegura el informático Christoph Winterhalter, quien preside la junta directiva del DIN. Pero el instituto no se encarga solo de productos, sino también de criterios de seguridad, como la DIN EN 71, según la cual el pelo de los osos de peluche debe ser resistente al fuego, o comparativas, del tipo de la DIN EN 60456, que dicta cuánto debe consumir un electrodoméstico para ganarse determinada categoría energética.

El sistema es sencillo. Cualquiera que lo desee puede remitir por mail una solicitud para un proceso de normalización, que va a parar a la comisión competente. Esta, formada en su mayoría por empresas, asociaciones y defensores de los derechos del consumidor, se encarga de analizar si la norma es relevante para el mercado, si hay necesidad de ella, y «sobre todo, si interesa financiarla», explica el portavoz del DIN, Oliver Boergen. Cuando hay acuerdo para normalizar algo se expone primero el borrador en Internet, de forma que los que estén interesados puedan comentarlo y proponer modificaciones. Finalmente, se publica como documento en papel y on line a través de la editorial Beuth, filial del DIN. El instituto se financia en gran medida con el dinero que obtiene de la venta de normas.

Eso sí, nadie está obligado a cumplirlas, salvo que formen parte de un contrato. Así pues, existe una norma internacional para los cables de los cargadores de teléfono móvil y, sin embargo, la mayoría de las empresas utilizan solo el suyo. «Todos llegan a preguntarse en algún momento si quieren mantener su tecnología en secreto y patentarla, o si por el contrario prefieren que se extienda lo más rápidamente posible y consolidarla como un estándar. Es una decisión estratégica», dice Winterhalter.

La primera DIN también surgió de un impulso económico. Se trata del pasador cónico, un elemento de fijación creado para unir piezas de ametralladoras que fue normalizado en diciembre de 1917. Pese a que el producto terminó por resultar inútil en el ámbito militar, la DIN 1 ha sobrevivido al paso del tiempo y hoy la emplean en toda Europa bajo el nombre de DIN EN 22339. Algo que no siempre sucede así, ya que el instituto revisa una norma cada cinco años, con el objetivo de actualizarla o desecharla si ha dejado de ser aplicable.

Cuando es válida solo en Alemania, lleva delante las siglas DIN. Para el territorio comunitario, DIN EN. Y si está reconocida en todo el mundo, entonces comienza por DIN EN ISO. «El 70 % de nuestros proyectos son internacionales», relata Winterhalter. Por lo tanto, no es de extrañar que las normas DIN alemanas, protegidas por derechos de autor, se hayan convertido en un éxito de exportaciones, que le generan unos 17.000 millones de euros anuales a la locomotora europea. Una de las más valoradas es la etiqueta con las instrucciones de lavado que cuelga de nuestros pantalones y camisas, independientemente de dónde han sido fabricados.

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