Una segunda vida para el contenedor

Los embalajes marítimos se reencarnan en piscinas, huertos, locales de ensayo y viviendas: son fáciles de transportar, relativamente baratos y permiten disposiciones espectaculares


Redacción / La Voz

Corrían los años 40. Malcon Mclean tenía 21 años y trabajaba como camionero en la zona portuaria de Carolina del Norte. Un buen día, observando las dificultades de los estibadores a la hora de descargar las pesadas mercancías en las bodegas de los barcos, pensó qué sencillo sería subir el cargamento del camión al buque de una sola vez, convertir el remolque en un contenedor. Nació así este revolucionario recipiente que la ISO reguló en 1965: 2,44 metros de ancho; entre 2,60 y 2,90 de alto y hasta 16,15 de largo. Su vida útil oscila entre los seis y los 15 años. ¿Y luego qué? Luego, piscinas, locales de ensayos, apartamentos turísticos, bodegas, huertos urbanos e incluso viviendas sociales que evitan que estos inmensos embalajes se pudran, abandonados en algún descampado. Arquitectos y emprendedores de todo el mundo dedican tiempo e ingenio a convertir estas cajoneras de metal en proyectos sostenibles, útiles y económicos. Espectaculares, también.

Víctimas del Tsunami

En el 2014, Shigeru Ban fue galardonado con el Premio Pritzker de arquitectura por, entre otras cosas, «usar el diseño inventivo y habilidoso para sus amplios esfuerzos humanitarios». El japonés dedicó veinte años de su vida a visitar lugares deprimidos y destrozados, tanto por la naturaleza como por la mano del hombre. Levantó en ellos refugios reciclables, dignos y de bajo coste, edificios comunales a base de tubos de papel, estructuras de bambú y depósitos marítimos. Tras el terremoto y posterior tsunami de Japón del 2011, convirtió un antiguo campo de béisbol de Onagawa en un barrio integrado por bloques de apartamentos de hasta tres pisos, fabricados con recipientes de carga marítimos de 6 por 2,5 metros.

La gran masa de agua se había llevado por delante cerca de 3.000 viviendas. Casi 500 desplazados por la tragedia encontraron un techo en la nueva colmena de contenedores.

Frutas y hortalizas

El cultivo de tomates, lechugas, hierbas aromáticas y fresas ya no exige un terreno vasto y rico, ni condiciones climáticas adecuadas ni, en su defecto, un equipado invernadero. Basta con uno de estos contenedores de acero. Proliferan aquí y allá todo tipo de propuestas de viveros urbanos: la más atractiva, la de Kimbal Musk, hermano del visionario fundador de Tesla Elon Musk. Alejados de la luz solar, sus brotes trepan por las cuatro paredes de los vagones sobre células llenas de agua y nutrientes. Este innovador método es capaz de producir en el espacio que ocupa un coche en un garaje la misma cantidad de frutas y verduras que se obtendría en 4.000 metros cuadrados al aire libre. Más cerca, Block Farms distribuye en nuestro país huertos urbanos modulares con reducidas exigencias de agua y energía que los convierten en idóneos para ser colocados en jardines, incluso plazas, y, fuera de la ciudad, en lugares con condiciones incompatibles para la agricultura tradicional, como puntos de desabastecimiento alimentario: zonas de conflictos bélicos o campos de refugiados, por ejemplo.

Piscinas

La idea más atractiva la proponen los canadienses Modpool: seductoras piscinas portátiles que se pueden convertir en espectaculares spas. Miden algo más de dos metros de ancho y seis de largo (las hay hasta de 12) y se trasladan e instalan con facilidad, incluso en zonas no aptas para piscinas, como terrenos rocosos. Un calentador templa el agua a 30 grados en menos de una hora transformándolas en bañeras de hidromasaje. Su precio: desde 24.000 euros.

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