La bicicleta


Las naciones también tienen su bicicleta y, como la de los ciclistas, requieren que sus dos ruedas estén hinchadas. ¿Tienen aire sobre las que camina Galicia? Me temo que no, están a medio gas. Galicia, para crecer de modo estructural por encima de la media de España, necesita capital físico y humano, empresas y educación para el trabajo, sus dos ruedas. Solo en la medida en que estas dos vivan en equilibrio se podrá avanzar. Lo contrario implica correr con una rueda, o dos, bajas de aire, y así nunca se pone uno a la cabeza del pelotón.

El tejido empresarial gallego se sustenta sobre un excesivo número de microempresas, las cuales para crecer requieren de un mercado interior, una Galicia mercado único. La exportación les está vedada. No tienen ni capacidad económica ni profesional para salir de modo recurrente al exterior. Me dirá que nuestro saldo exterior es favorable y tiene razón, pero si nuestro tejido exterior fuera una fiesta, diría que en ella solo hay dos que se están divirtiendo, la automoción y el textil. Pero permítame que retome la idea de mercado interior, esencialmente porque es algo de lo que muy pocos hablamos y lo observo crucial. En la época de los Austrias, la dinastía anterior a los Borbones, el gran mercado de la península, Castilla, estaba vetado para los catalanes. Fácil de imaginar lo duro que tuvo que ser para ellos perder sus cortes con el tratado de Nueva Planta de Felipe V, aunque eso supusiera acceder a un mercado al que antes no podían entrar sin abonar excesivos aranceles. De hecho, España tuvo que esperar al desarrollismo de los sesenta, siglo XX, para construir su mercado interior.

Por eso, en gran medida no somos una nación exportadora. Durante los ochenta, la meta del que lideraba el mercado en Vigo era expandirse en Sevilla o en Salamanca, cuando no en A Coruña, pero en ningún caso abrir en Buenos Aires o en Rabat. Ha sido esta gran depresión la que nos ha tirado al exterior, pero... ¿A quiénes? A los empresarios medios, a los que en el 2011 teníamos alforjas y ningún cliente vivo en España. ¿Y la microempresa?, esa que inunda nuestros polígonos industriales y nuestros barrios. Esa sigue esperando y es la que más necesita a Galicia como identidad, la que necesita enterrar los localismos que nos fraccionan y nos dividen. La que necesita Galicia como argumentario. La reforma del impuesto de sucesiones, la industria 4.0 y la innovación y la apuesta por reducir los tributos locales a las empresas son, desde luego, pasos positivos y, en ese sentido, el presidente Feijoo me roba más sonrisas de las que hubiera pensado hace unos años. Guardo la esperanza de que algún día la oposición también me haga sonreír, pero antes han de entender dos cosas, la primera, centrarse más en Galicia y menos en sus problemas internos, la segunda, que la Xunta no es el ombligo de Galicia.

¿Y la educación? Nuestro sistema educativo parte de la base de que es un compendio de saberes y, por lo tanto, han de ser almacenados. En términos empresariales diríamos que es un inventario, la pena es que el conselleiro de Educación y su equipo se sientan como los jefes del almacén. Ese concepto, tan anclado en Galicia, es decimonónico, era válido para un mundo lento, de cambios seculares. La educación para el hoy no es un stock, es un flujo, es permanente, para toda la vida, algo que la Unesco hace tiempo que lleva gritando a todo el que la quiere escuchar. Entonces, ¿cuál es la clave? El proceso de aprendizaje. Más que memorizar debemos enseñarles a aprender, porque a los veintidós años, cuando no a los dieciséis, los lanzaremos al mercado laboral y el depósito de gasolina que les hemos dado para caminar no durará más que cinco o diez años. A partir de ahí tienen dos caminos, o triunfar profesionalmente o votar a un populista para que les frene el mundo.

Por Venancio Salcines Profesor y empresario

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