Ponerse de perfil tiene coste


La Inglaterra de mediados del siglo XVIII es un país orgulloso, aunque carente de la potencia económica de los dos grandes colosos continentales, Francia y España. Su colonia principal la desprecia y sus otros espacios territoriales no poseen ni el oro ni la plata del Perú o México. Solo tiene un recurso para sobrevivir, ella misma. El mercantilismo español, basado en clientes cautivos, las colonias, y monopolios de comercio, como la Casa de Contratación de Indias, no es un sistema económico que asegure la suficiencia financiera de la Corona Británica. Necesitaban algo más. Otro modelo económico, basado en la competitividad, que creara telas tan bajas en coste que pudieran ser vendidas de contrabando en Portobelo, Panamá. Su rentabilidad tenía que ser tan alta que compensara los sobornos a las tropas españolas y las confiscaciones oportunas. Tenía que ser producto ganador en coste, precio y calidad. Eso o morir.

Adam Smith, considerado por la historia como la primera persona capaz de construir una teoría económica compacta, no es ajeno a este problema. Por algo su obra magna se denomina La riqueza de las naciones. Y aunque entre sus muchas ideas fuerza está una que destrozaría al sistema gremial imperante, la de la división del trabajo, no es ahí donde me quiero centrar, sino en una muy simple que ha pasado desapercibida para la mayoría de estudiosos de su obra: «Que los filósofos acudan a las fábricas». Sus filósofos serían los que hoy observamos como nuestros académicos. Él gritaría que nuestros profesores de universidad entren en las fábricas, en el sector empresarial, en la industria. Que transfieran conocimiento. Si Smith hubiera sido presidente de la Xunta de Galicia, sería posiblemente lo que les hubiera exigido a los rectores gallegos: transferencia y maridaje. A cambio, vimos esta semana a toda la Galicia política regocijarse porque han decidido repartirse el mercado educativo y no pelearse entre ellos. Estas ambiciones no hacen grande a un pueblo, más bien recuerda a los ruegos que se oían en el Imperio Romano cuando estaba en fase de descomposición.

Pero que no piense el presidente Feijoo que están en el siglo XVIII las respuestas a algunos de nuestros problemas. El reto, hoy, iría más allá. Son las fabricas las que tienen que entrar en las universidades. La vanguardia industrial gallega está, por términos generales, por delante del sector educativo. Los profesionales más brillantes del sector privado, dispuestos a surfear por la ola del conocimiento, ya que en ello les va su sueldo y prestigio, están más hambrientos del mañana tecnológico que un buen número de funcionarios obsesionados en saber dónde van a colocar su último artículo. En España, decidimos darle, de modo erróneo, el monopolio de la educación superior a las universidades y su gobierno a un ente corporativo y, al hacerlo, construimos castillos inexpugnables, dominados, en bastantes casos, por políticos en retirada o lo que es peor, en posición agazapada.

Y esto puede ser malo, por el coste de oportunidad que tiene para la sociedad empresarial, pero lo que realmente es nefasto es que ignoremos que otros muchos pueblos han hecho tareas que aquí no deseamos realizar. Y esos pueblos compiten contra nosotros y, cada vez que nos ganan, obtienen una inversión extranjera que nosotros no obtenemos, obtienen una fábrica que nosotros no tenemos, obtienen un nivel de vida del cual carecemos, obtienen una felicidad para su pueblo que aquí no garantizamos. En la vida todo tiene un coste y ponerse de perfil, también.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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