Crecemos, ¿crecemos?


Observar a Galicia crecer al mismo ritmo de España es algo hermoso. Lo es por extraordinario y lo es por lo que tiene de oportunidad. En lo primero, quizás todos estemos de acuerdo, lo segundo ya no es tan evidente. José Luis Rodríguez Zapatero vio las mejores magnitudes macroeconómicas de España y, ¿qué sintió? Que la economía no le necesitaba y debía centrarse en los derechos civiles de los sectores más castigados. Obviamente en lo primero se equivocó. La economía sí lo necesitaba, tanto que llamó a gritos a su puerta. Cuando la abrió y la observó en toda su desnudez, se tomó un año sabático. El presidente Feijoo, a diferencia de Zapatero, ha nacido en la austeridad. Se maneja hábilmente en las políticas de ajuste y tiene una capacidad endiablada para no equivocarse. De hecho, su principal acierto es ese, evitar el error. Pero los tiempos han cambiado y quien ha sido hábil para gestionar la austeridad no tiene por qué ser el más idóneo para pilotar el crecimiento. ¿Por qué? Las oportunidades y el destino. Hoy, y especialmente mañana, tendremos velas para recorrer océanos que nos estaban vetados. ¿Lo haremos? No lo tengo nada claro. Demasiados riesgos. Lo sensato es amarrar en los puertos conocidos, bajar a tierra sin sobresaltos. Claro que hay otros destinos para Galicia, otras naciones nos muestran caminos a seguir y, desde luego, no estoy pensando en Venezuela o en Cuba, pero, ¿los puede recorrer un presidente acostumbrado a minimizar riesgos? Ese será su reto.

Galicia debe diferenciarse del resto de España. Actualmente crecemos apoyados por el consumo privado que, por fin, empieza a repuntar, por el sector exportador, estrechamente vinculado al buen comportamiento de Inditex y Citroën, y por el gasto de las administraciones públicas, superior al del resto del Estado. No es una mala foto y, en ella, algo de mérito tiene la actual Administración autonómica, es de justos reconocerlo.

Pero es igualmente justo asumir que tenemos una debilidad, la inversión empresarial. Galicia aún no es tierra cómoda para el empresario. La Administración autonómica, a pesar de la bocanada de aire fresco que representa la Consellería de Economía, perfectamente pilotada por Conde, está cargada de un exceso de formol. Burocracia, minifundismo mental, acomodo sistemático y, en más casos de lo aceptable, una visión equivocada de lo que es Galicia. Estos son algunos de los males que se sienten al entrar por San Caetano. Pero que nadie piense que ahí residen todos los males de Galicia. Dios quisiera. Estamos plagados de administraciones lentas, pesadas, asfixiantes, como bastantes ayuntamientos -A Coruña es un buen ejemplo de ello-, o las grandes reinas dieciochescas, las universidades, monopolísticas, dueñas absolutas del espacio de educación superior. Plagadas de cargos académicos que cuando les entra un momento de inspiración fortalecen la burocracia para que el papel gobierne por ellos. Total, ¿dónde está la competencia? Y callemos, que lo público, cuando es educación, no se puede cuestionar. Es evidente que necesitamos un presidente que sea líder social, que entienda lo político en su sentido más amplio, evite su zona de confort y deje la gestión cotidiana a otros. Que utilice las herramientas que tiene, que no son pocas, para impulsar otro tejido económico. ¿Por qué? Porque, por fin, tenemos lo necesario para construir nuevos moldes, el crecimiento. ¿Sabrá Feijoo manchar de arcilla sus manos? Está por ver. 

Por Venancio salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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