Ellos y nosotros


La civilización más antigua, la sumeria, se desarrolló hace más de seis mil años. Desde ahí hasta el siglo XVIII, las sociedades se han movido en el eje ellos y nosotros: ellos gobiernan, ellos viven, ellos gozan... ¿Y nosotros? No existimos más que como fuerza de trabajo. Hace algo más de dos siglos, un puritano escocés, Adam Smith, se preguntó qué determinaba la riqueza de las naciones. Fue la primera vez que todos empezamos a existir. Corría el año 1776 y la economía se desgajaba de la filosofía moral. Todos pasamos a ser necesarios, y lo éramos porque las coronas deseaban pueblos capaces de pagar impuestos. «Sea mi pueblo rico y lo será mi nación, sea mi nación y lo seré yo», pensaban los monarcas de la Ilustración. Su egoísmo fue la génesis de nuestra existencia como ciudadanos de pleno derecho. A partir de ese momento, y de modo tímido, la economía empezó a desarrollarse, y hacerlo de modo inclusivo.

En los momentos más duros de nuestra historia, en aquellos en los que unos mandaban y otros eran siervos sumisos o esclavos de una plantación, en esos tiempos, la sociedad ya tenía claro lo que era la justicia impositiva. De hecho, puede afirmarse que solo dos aspectos económicos han preocupado a las élites gobernantes, el valor de la moneda y la tributación. El propio Santo Tomás, cuando redactó su Summa Teológica, podía haber cogido el guante de su maestro San Alberto Magno y haber realizado alguna incursión en el valor de las cosas o en los costes de producción, pero no, nada de lo económico le importó salvo la naturaleza de la hacienda pública. Por ello entiende que en un libro de teología ha de hablarse de tributación y justicia. Se atreve a afirmar que un impuesto solo es lícito cuando se dedica al bien común, que el mismo solo debe gravar a aquellos que tienen capacidad económica para hacer frente al pago y cuando lo haga, tener en consideración esta capacidad, y por último, lo evidente, que sea aprobado por los representantes de la sociedad. Afirma esto y no genera ninguna revolución, es más, el Rey Luis IX de Francia lo premia con el puesto de consejero personal. Lo curioso es que si hoy se levantase y repitiese estas mismas palabras en las católicas tierras de Irlanda, descubriría que el Gobierno de Dublín tendría hacia él la hostilidad que nunca encontró en las monarquías feudales del siglo XIII. Así evolucionamos. Caemos y dicen que avanzamos. Ya en la era moderna, Neumark, en sus Principios de la Imposición, marca los ejes comúnmente aceptados en la hacienda pública y que no difieren esencialmente de la idea de justicia de Aquino, y que viene a ser que todos deben someterse al impuesto, que las personas en situación igual han de recibir el mismo trato, que las cargas fiscales deben fijarse en proporción a los índices de capacidad de pago y por último que la imposición debe alterar la distribución primaria de la renta provocada por el sistema económico, disminuyendo las diferencias mediante la progresividad.

La sociedad tiene, por tanto, un amplio consenso, desde hace siglos, sobre lo que es la justicia impositiva y cuáles deben ser los principios de la imposición. Si ahora aterrizáramos en el pasado y le dijéramos a Aquino que una compañía, como Apple, firmó un acuerdo con un gobierno para tener un tipo impositivo exclusivo, fruto de una negociación y no de una legislación, seguro que no entendería nada. Si adicionalmente le dijéramos que mientras una empresa irlandesa viene asumiendo un tipo del 12,5 %, esta compañía solo tributa en Dublín, por sus ventas en Europa, el 0,005 %, seguro que seguiría sin entender nada. Bien, pues ahora usted diga que no entiende nada. Le van a decir que es un estúpido, con toda seguridad. Que esta es la estructura fiscal de la globalización tecnológica, y se quedarán tan tranquilos, con dos narices. Le dirán que están ellos. Y nosotros.

Bruselas ha abierto expedientes a varias multinacionales por sus prácticas fiscales | SERGEI KARPUKHIN

Por venancio salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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