Don Néstor y doña Clotilde -no los busque el lector en el registro civil: el autor los ha creado para observar con sus ojos la transformación del ombligo comercial de la ciudad olívica- retornaron a su añorada Porta do Sol después de treinta años de ausencia.
20 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Tal vez desembarcaron del «Cap Polonio», el lujoso vapor de la Hamburg Südamerikanisch -la Hamburguesa, en la jerga de los emigrantes-, ya a punto de retiro, que el 15 de abril de 1931 atracó en el puerto de Vigo, donde dejó a 109 pasajeros procedentes de América.
La pareja de indianos, sesentones y distinguidos, se zambulleron de inmediato en el bullicio de la urbe. La villa grande de principios de siglo, que festoneaba la ría con fábricas de conserva y astilleros emergentes, había trepado por las colinas hasta transformarse en una ciudad vibrante, cobijo de burguesía pudiente y ostentosa, y hormiguero de masa obrera indómita y vocinglera. En el automóvil que los conducía al Hotel Moderno, don Néstor y doña Clotilde sorbían los cambios en silencio. El ruido del motor competía en desventaja con el chillido metálico y el chisporroteo de los tranvías eléctricos. Suntuosos edificios, de estilo modernista o corte ecléctico, jalonaban el trayecto y se arracimaban, en espléndido contubernio, en la Porta del Sol.
UNA JOYA ARQUITECTÓNICA
El propio Hotel Moderno, parada y fonda del matrimonio, ocupaba el más emblemático de los palacios proyectados en Vigo por el arquitecto galo-polaco Michel Pacewicz. Lo había promovido Manuel Bárcena, conde de Torre Cedeira, para destinarlo a viviendas. Construido entre 1897 y 1902, todavía no estaba rematado cuando don Néstor, quien ahora admira sus hechuras de afrancesado modernismo, emprendió viaje a ultramar. Observa el indiano que la plaza ganó una joya arquitectónica, pero a cambio se deshizo de los dos negocios comerciales que lo flanqueaban.
Ya no está la Armería Vascongada, cuyo propietario, Vicente Arnal, había sufrido una doble afrenta en agosto de 1901: un robo y, en vez de la comprensión solidaria, la rexouba de los vecinos. Sucedió que los cacos arramplaron con 17.000 reales que Arnal guardaba en un pupitre, varios revólveres y un décimo de la lotería, pero incluyeron también un rosario en el botín. Y esto motivó más de una chanza: tal vez los amigos de lo ajeno tenían conciencia religiosa y pretendían obtener la absolución de su pecado. Había desaparecido también la tienda Fin de Siglo, fundada en 1896 por los hermanos Posada Conde y su primo Jacobo Conde, que ofrecía «novedades del reino y extranjero», como las camisas y enaguas de la fábrica viguesa Soto y Calvo o los sostenes alemanes marca Hautana. El almacén, cuyo rótulo solo garantizaba vigencia decimonónica, no logró amoldarse a la nueva centuria.
A don Néstor y doña Clotilde los recibió el gerente del Hotel Moderno, César Fernández, sobrino del propietario, Jesús Fernández Otero, quien pronto se uniría a la recepción de los ilustres huéspedes. Con ellos, a través de charla distendida, rememoraron las tres décadas perdidas. El asunto que monopolizaba las conversaciones y los titulares de la prensa local: la multitud jubilosa que «ayer mismo» atiborraba la Porta do Sol para festejar la proclamación de la Segunda República. El vuelo rasante del aerostato Graf Zeppelin sobre la cúpula del hotel, en agosto de 1929. Y, sobre todo, por especial interés de anfitriones y huéspedes, la historia del establecimiento que ese año cumplía un esplendoroso cuarto de siglo.
CAFÉ Y HOTEL DE LUJO
El Hotel Moderno lo fundó en 1906 José María Rodríguez Pardo, un industrial coruñés que coleccionaba hoteles, cafés y restaurantes -muchos de ellos bautizados con el nombre de Méndez Núñez, el héroe del Callao- como los filatélicos coleccionan sellos.
No se paró en barras ni se privó de lujos el fundador del Hotel Café Restaurant Moderno, constreñido inicialmente al bajo, entresuelo y sótano de la casa Bárcena. Contaba en sus orígenes con catorce habitaciones, ubicadas en el entresuelo, pero confortables y con mobiliario fabricado en los talleres del vigués Sánchez Puga y del tallista compostelano Jesús Landeira, el autor del mausoleo de Rosalía de Castro en el Panteón de Galegos Ilustres.
En el bajo, con entrada y vistas a Policarpo Sanz, se situaba el salón principal del lujoso café, recubierto con tapices de Lionel Peraux -«imitación de los gobelinos»-, iluminado por ocho grandes lámparas adquiridas en París y salpicado de mesas de hierro y mármol construidas por La Industrial de A Coruña y el marmolista Baliño de Vigo. También en el bajo, dos espléndidos comedores, decorados al fresco por el escenógrafo D?Almonte, repletos de espejos, pinturas modernistas y colgaduras rojas. Disponía el restaurante de una vajilla de 500 cubiertos y un servicio de mesa de legendaria plata Meneses. El sótano, con entrada por la calle Carral, albergaba otras salas del café: 150 mesas más, seis billares y diez mesas para jugar al tresillo.
El establecimiento desbordaba las paredes diseñadas por Pacewicz y extendía sus tentáculos por la acera: elegantes toldos, 78 veladores de curiosas formas modernistas y un grupo musical para amenizar la terraza. La instalación del Moderno, se asombraba por aquellas fechas el Noticiero de Vigo, «debe costar un capital a sus propietarios».
Jesús Fernández Otero, ourensano de Cortegada, teniente de alcalde y alcalde accidental de Vigo, explica a don Néstor y a doña Clotilde cómo asumió la propiedad plena del establecimiento. Fue en septiembre de 1908. La empresa que había impulsado Rodríguez Pardo, denominada Martínez, Fernández y Compañía, se disolvió de común acuerdo y él, uno de los socios, se hizo cargo del activo y del pasivo. Y las cosas, reconocía, le habían ido bien. Pero seguramente estarán ustedes fatigados del viaje, concluyó el anfitrión, y les apetezca retirarse a descansar. Mañana, agregó, si lo desean, les contaré algunas de las vivencias que esconden estas paredes.