La historia del lúpulo (I)

 La introducción del cultivo del lúpulo en España está unida a tres nombres: el ingeniero agrónomo Leopoldo Hernández Robredo, el industrial cervecero José María Rivera Corral y el agricultor betanceiro Raúl Fernández Meás.


Las pioneras plantaciones gallegas de «oro verde» -el alma de la cerveza-alcanzaron su mejor cosecha a la altura de 1963, se extinguieron en los años ochenta e iniciaron su resurrección, ya encetado el nuevo siglo, de la mano de Estrella de Galicia, la marca centenaria fundada por Rivera Corral.

En 1914, meses antes de que estallara la Gran Guerra, Leopoldo Hernández Robredo, director de la Granja Agrícola Experimental de La Coruña, viaja a Inglaterra para adquirir ganado de razas selectas. Y allí contempla, admirado, las grandes plantaciones de lúpulo que abastecen la industria de la cerveza. Él conoce la planta en su estado silvestre: la ha visto trepar por los árboles que festonean las riberas de los ríos y regatos de las Mariñas betanceiras. Pero ahora, en los humedales británicos, descubre el potencial que ofrece su explotación sistemática e intuye la riqueza que puede reportarle al anquilosado campo gallego. Cuando regresa, el ingeniero agrónomo trae en su equipaje varios esquejes de la variedad Dorada de Kent y en su cabeza la firme determinación de introducir el cultivo en Galicia.

LOS PRIMEROS PASOS

Muy pronto comienzan los primeros ensayos y la experimentación del nuevo cultivo en la finca -la antigua Huerta del General, en Monelos- de que dispone la Granja Agrícola. Las resultados son plenamente satisfactorios. Hernández Robredo se muestra exultante en la VII Asamblea Agrícola Gallega: «Galicia podría surtir a todas las fábricas de cerveza de España, quedando en nuestra región el beneficio que hoy se exporta al extranjero». Solo resta convencer al agricultor gallego, tradicionalmente reacio a la innovación y al cambio, de las bondades del nuevo cultivo.

La campaña de divulgación para la introducción del lúpulo gira en torno a dos mensajes. El primero resalta la naturaleza gallega de la especie y su encaje en el sistema de cultivos autóctono. Hernández Robredo, valenciano de origen, no tiene dudas al respecto: «No es ninguna planta exótica, ninguna novedad agrícola de esas que, como el Daikon de Japón y otras, entusiasman tan pronto como desencantan a los incautos o impresionables. Se trata de una planta tan de Galicia, tan nuestra como el trébol violeta».

UN ALIADO DE EXCEPCIÓN

El segundo factor de persuasión se centra en la economía: el nuevo cultivo supondrá un incremento sustancial de las maltrechas rentas del campesino. A condición, claro está, de que las fábricas de cerveza españolas absorban el lúpulo cosechado y lo prefieran al inglés o al alemán. Pero Robredo guarda, a este respecto, un as en la manga. Desde el instante en que dio cuerda a su iniciativa, cuenta en la industria cervecera con un aliado de excepción. Se llama José María Rivera Corral, un indiano nacido en Pontedeume y curtido en México que, a su regreso de la diáspora, desarrolló diversos proyectos empresariales y los coronó con la fundación de La Estrella de Galicia.

Rivera Corral no solo asume con entusiasmo la misión de introducir y fomentar el nuevo cultivo, sino que, como escribió Marcelino Álvarez López en el Anuario Brigantino, «realizaba ensayos de aclimatación del lúpulo en un pequeño campo de experiencias agrícolas, anexo a su fábrica de cervezas».

DE ALEMANIA A GALICIA

El empeño de Rivera cobra aún más valor si lo situamos en la época. En el primer tercio del siglo pasado, las cervezas de mayor prestigio eran las de importación. Las alemanas constituían el modelo a seguir. Y los fabricantes españoles, acomplejados ante el imperio cervecero centroeuropeo, presumían de imitar el modelo. Unos, como La Austríaca, fabricada en Santander, a través de su marca. Otros, como la cerveza Merckel, denominando «fábrica alemana» a su histórica planta de A Coruña. Los más, alardeando de aplicar métodos de producción germánicos -«estilo Munich», «sistema de Baviera»...- o jactándose de «competir con las mejores cervezas de Alemania». La mayoría, para corroborar la dependencia, contrataba maestros cerveceros de aquel origen.

En ese contexto, Rivera Corral es un revolucionario. No solo inscribe en su marca un nombre tan poco germánico y cervecero como «Galicia», sino que estampa en sus primeras etiquetas una leyenda provocativa: «Gran fábrica de cerveza de exportación». Audacia que, a la vista de lo que vino después, se convirtió en profecía cumplida. Con tales antecedentes se comprende mejor la teima del indiano por introducir en su cerveza el lúpulo «made in Galicia».

La alianza entre Hernández Robredo y Rivera Corral abría las puertas de Galicia -y de España- al llamado oro verde. El investigador garantizaba «cantidad y calidad del producto», y el industrial ofrecía un destino a las primeras cosechas. Solo necesitaban, para arrancar, unir al proyecto a un cultivador cuya explotación sirviera de espejo y ejemplo. Lo encontraron: Raúl Fernández Meás, un destacado labrador de Betanzos, realizó su primera plantación de lúpulo en 1927. La prehistoria termina en este punto. 

Después vino la etapa de auge, que convirtió a Betanzos en la capital española del lúpulo, la extinción del cultivo y, ya en nuestro siglo, el intento de resurrecciónde los herederos de Rivera Corral.

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