El Gran Hotel de Francia (I)

El Gran Hotel de Francia era, a caballo de los siglos XIX y XX, el hospedaje más lujoso de A Coruña. Los hoteles de la competencia -el Ferrocarrilana, el Europa, el Industrial, el Suizo o el de las Cuatro Naciones- apenas le hacían sombra. Sus sesenta habitaciones y su restaurante constituían albergue y abrevadero preferido por los personajes de alcurnia o de abultada cartera en tránsito por la ciudad. Su anfitrión, Julián Mogín González, militar de carrera y propietario del establecimiento hasta 1911, les hacía los honores.


Su anfitrión, Julián Mogín González, militar de carrera y propietario del establecimiento hasta 1911, les hacía los honores. Al emblemático edificio, proyectado por el arquitecto Faustino Domínguez Coumes-Gay en la penúltima década del siglo XIX, lo silenció la piqueta en 1967. Las huellas de sus huéspedes ilustres hay que buscarlas, por tanto, entre el polvo de las hemerotecas. Y allí encontramos, en septiembre de 1890, dos figuras de relumbrón que se alojan en el Gran Hotel de Francia: el general Chinchilla y el escritor José Echegaray. El primero, José Chinchilla y Díez de Oñate, exministro de la Guerra y tío abuelo de Ortega y Gasset, llegó a la capital coruñesa a bordo de un vapor correo procedente de Cuba, tras ser relevado como capitán general de la colonia. El segundo, José Echegaray, ingeniero y político, matemático insigne y dramaturgo mediocre, quien obtendría el premio Nobel de Literatura, declaró estar «encantado de las bellezas de este pueblo».

LA ACTRIZ, EL PILLO Y EL TORERO

Al igual que Echegaray, la afamada actriz María Guerrero también pudo contemplar parte de esas bellezas, en abril de 1894, sin moverse del hotel: todas las habitaciones ofrecían una espléndida vista panorámica de los jardines de Méndez Núñez y de la bahía coruñesa. Desde una de ellas, quizá la misma que había ocupado el laureado dramaturgo, la actriz escribe a Benito Pérez Galdós -de «Mariquita» a su «queridísimo Don Benito»- y le describe el éxito cosechado por su comedia La de San Quintín en el Teatro Principal. El teatro estaba a reventar, le explica María Guerrero, a pesar de que los coruñeses no comprendieron los intríngulis del primer acto de la obra: «Hay muchas cosas que se les escapan, que no llegan a entender».

Esporádicamente, entre los respetables huéspedes del establecimiento se cuela algún caradura. Como aquel joven «no mal trajeado» que, en abril de 1899, se presentó «sin un solo bulto de equipaje», sumergió su molicie durante dos días en el confort hotelero, pero, «como no tenía el pollo trazas de pagar», durmió la tercera noche en un lóbrego calabozo.

Incidentes nimios que no empañan en absoluto el prestigio del Gran Hotel de Francia. El perfil del cliente habitual es otro: individuo con solvencia económica. Como Luis Mazzantini Eguía, célebre matador de toros, hijo de italiano y vasca, que cobraba un fortuna por corrida -6.000 pesetas-, se codeaba con la alta sociedad, asistía a la ópera y frecuentaba las tertulias literarias. El domingo 13 de agosto de 1899, un toro llamado Temprano lo empitonó en la plaza de A Coruña. Después de practicarle curas de urgencia, el diestro se restableció de sus heridas en el Gran Hotel de Francia. Miles de coruñeses acudieron al establecimiento a interesarse por el ídolo taurino y estamparon sus firmas como muestra de apoyo.

TRAGEDIA EN A CORUÑA

El 2 de junio de 1901, A Coruña se despertó conmocionada. La tragedia se gestó en días anteriores. El 29 de mayo, los 140 guardias de consumos se declararon en huelga. El día 30, un piquete se enfrentó a la Guardia Civil, esta utilizó sus tercerolas y murió un obrero. El 1 de junio estalló el volcán. La ciudad quedó paralizada por la huelga general, fue declarado el estado de sitio y un regimiento de caballería cargó contra grupos de manifestantes, que respondieron a pedradas y disparos de revólver. Los soldados hicieron uso de sus fusiles y se produjo una atroz escabechina: 10 muertos, 15 heridos y más de 40 contusionados. Días después, un diputado bramaba en el Congreso: «¡Carga de caballería! ¿Creéis que en la Coruña hicieron salir los caballos al trote como es costumbre? ¿Creéis que emplearon los sables de plano? No. ¿Creéis que los emplearon de corte? No. Emplearon las carabinas máuser, y ya conocéis el resultado».

El Gran Hotel de Francia, mudo testigo de los sangrientos sucesos, acabó convirtiéndose en la principal víctima de los sangrientos sucesos: tres camareras del establecimiento cayeron abatidas por las balas mientras presenciaban la batalla. Lo cuenta el mismo diputado: «Entre los muertos, hay tres mujeres; y, ¿sabéis en qué condiciones? Dos de ellas estaban en el balcón del Hotel de Francia, y otra, en una galería del mismo hotel, y las tres fueron muertas por un mismo balazo».

Pero la vida, sobre todo en un lujoso albergue de transeúntes, continúa. Apenas dos semanas después de la tragedia, la betanceira Aurora Rodríguez Carballeira y su hijo de cinco años llegan a la recepción del Gran Hotel de Francia. Esta vez las miradas y las atenciones se dirigen en especial al mocoso: se trata de Pepito Arriola, el niño prodigio, el precoz pianista y compositor que viene de asombrar a los cortesanos con un concierto en el Palacio Real. Embobada, la reina regente, María Cristina, ha decidido apadrinarlo y costearle sus estudios musicales en Alemania.

En junio de 1904, sirvientas y camareras del Gran Hotel de Francia, las mismas que tres años antes asistían, compungidas, al entierro de sus tres compañeras, se declaran en huelga. La Gaceta de Galicia, diario compostelano, subraya el hito con un retintín entre machista y retrógrado: «Ignoramos las causas a que obedece la actitud de aquellas y deseamos que el conflicto se resuelva satisfactoriamente para todos. La huelga, por el sexo y la ocupación de las interesadas, es curiosa y tal vez sea el primer caso que se registra en nuestro país».

MOGÍN PONE UN PIE EN VIGO

Tampoco los conflictos domésticos detienen la marcha del hotel. Ni la trayectoria de su dueño como militar y empresario. En 1905, el mismo año en que el duque de Montpensier, guardia marina en Ferrol, pernocta en su hotel, Julián Mogín asciende a primer teniente de Infantería. Consumado cazador, tesorero de La Venatoria, no duda en colocar, en uno de los escaparates, «un jabalí de grandes dimensiones, un hermosísimo corzo y numerosas perdices». Piezas cobradas durante una excursión cinegética por las montañas de Lugo.

En 1908, Mogín, más inclinado a la industria que a la milicia, negocia la compra del Hotel Continental, de Vigo, propiedad del conservero José Curbera. Sellará el acuerdo tras viajar a París y atraer a su hermano Francisco, cuyas credenciales parecen perfectas para relanzar el establecimiento vigués: jefe de cocina del Élysee Palace, en París, lo había sido también del Carlton Hotel, en Londres.

En mayo de 1911, Julián Mogín González pone fin a su etapa coruñesa y vende el histórico hotel, por 30.000 duros -150.000 pesetas-, a los hermanos Schucani. A partir de ahí, la historia se bifurca: el Gran Hotel de Francia continúa su andadura en manos suizas y Julián Mogín emprende nuevas y destacadas aventuras hosteleras en Vigo, Santiago y Madrid. Pero esas son otras historias. 

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