El Gran Hotel de Francia (I)

MERCADOS

El Gran Hotel de Francia era, a caballo de los siglos XIX y XX, el hospedaje más lujoso de A Coruña. Los hoteles de la competencia -el Ferrocarrilana, el Europa, el Industrial, el Suizo o el de las Cuatro Naciones- apenas le hacían sombra. Sus sesenta habitaciones y su restaurante constituían albergue y abrevadero preferido por los personajes de alcurnia o de abultada cartera en tránsito por la ciudad. Su anfitrión, Julián Mogín González, militar de carrera y propietario del establecimiento hasta 1911, les hacía los honores.

20 abr 2015 . Actualizado a las 18:31 h.

Su anfitrión, Julián Mogín González, militar de carrera y propietario del establecimiento hasta 1911, les hacía los honores. Al emblemático edificio, proyectado por el arquitecto Faustino Domínguez Coumes-Gay en la penúltima década del siglo XIX, lo silenció la piqueta en 1967. Las huellas de sus huéspedes ilustres hay que buscarlas, por tanto, entre el polvo de las hemerotecas. Y allí encontramos, en septiembre de 1890, dos figuras de relumbrón que se alojan en el Gran Hotel de Francia: el general Chinchilla y el escritor José Echegaray. El primero, José Chinchilla y Díez de Oñate, exministro de la Guerra y tío abuelo de Ortega y Gasset, llegó a la capital coruñesa a bordo de un vapor correo procedente de Cuba, tras ser relevado como capitán general de la colonia. El segundo, José Echegaray, ingeniero y político, matemático insigne y dramaturgo mediocre, quien obtendría el premio Nobel de Literatura, declaró estar «encantado de las bellezas de este pueblo».

LA ACTRIZ, EL PILLO Y EL TORERO

Al igual que Echegaray, la afamada actriz María Guerrero también pudo contemplar parte de esas bellezas, en abril de 1894, sin moverse del hotel: todas las habitaciones ofrecían una espléndida vista panorámica de los jardines de Méndez Núñez y de la bahía coruñesa. Desde una de ellas, quizá la misma que había ocupado el laureado dramaturgo, la actriz escribe a Benito Pérez Galdós -de «Mariquita» a su «queridísimo Don Benito»- y le describe el éxito cosechado por su comedia La de San Quintín en el Teatro Principal. El teatro estaba a reventar, le explica María Guerrero, a pesar de que los coruñeses no comprendieron los intríngulis del primer acto de la obra: «Hay muchas cosas que se les escapan, que no llegan a entender».

Esporádicamente, entre los respetables huéspedes del establecimiento se cuela algún caradura. Como aquel joven «no mal trajeado» que, en abril de 1899, se presentó «sin un solo bulto de equipaje», sumergió su molicie durante dos días en el confort hotelero, pero, «como no tenía el pollo trazas de pagar», durmió la tercera noche en un lóbrego calabozo.