La decadencia es tal que ya ni se respetan las tradiciones. El pulpo, rey del San Froilán, ahora resulta que solo tendrá tres casetas para que lo defiendan en el recinto ferial. No me sorprende porque con la crisis y la explotación a que están sometidos los que se atreven a trabajar, porque hay que llenar el puchero, la bajada de clientela era palpable de unos años aquí. Aunque claro, la crisis y los palos que daban tan pronto te pasabas de los precios estipulados por el Ayuntamiento, eran memorables. Precios a nivel del Hotel Palas madrileño, pero aquí. Y eso, con los sueldos de mierda que se nos ofrecen, no hay dios que lo aguante, con las casetas convertidas en restaurantes de lujo que me hacen añorar las ferias de Castro de Ribeiras de Lea, Rábade, O Páramo o Sarria. Habrá menos pulperas este año en el ferial, pero sobrará el pulpo en otros muchos lugares de la ciudad, cada vez más visitados por lugueses y foráneos.
El San Froilán gastronómico oficial ha ido desmereciendo. La feria de ganado, en plena urbe, ha desaparecido a cambio de una cursilería inventada de desfile de vacas, ovejas y algún que otro burro por el centro, como si la rúa da Raíña fuese la Cañada Real. Las varas para remover la lana, tradicional en su compra el día del santo patrono, ya no se vende porque no hay quien las ofrezca ni quien las compre, y las navajas, cuchillos y hoces que vendían los herreros de Taramundi, A Pontenova o Riotorto, o bien alguno de sus representantes como mi amigo Cuba, feriante tradicional donde los haya, han sido sustituidas por puestos en los que se ofrece navajas y cuchillos de Albacete o Portugal.
Los africanos, que daban color al festejo, copando la ciudad con sus artilugios de todo tipo, serán perseguidos con saña para que se queden en sus casas, si las tienen; los conciertos de bandas son un recuerdo en el olvido y al menos se anuncia que unas cuantas charangas amenizarán los barrios como símbolo de alegría y pobreza organizativa. Ni el Círculo das Artes es lo que era por las datas que se aproximan. Solo faltaría que lloviese aunque seguro que alguna tontaina llevará unas docenas de huevos a Santa Clara. No hay duda, estamos en manos del Cielo porque aquí, en la tierra, el mundo ha cambiado. Y también las fiestas.