LA TRIBUNA | O |
29 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.IMAGINEMOS QUE somos vecinos de un edificio y necesitamos socios para un proyecto. Tenemos una vecina, abogada de aceptable reputación, cabeza de una familia muy cercana a la nuestra, que, tras plantearle el proyecto, se compromete con nosotros y nuestra familia a intentar llevarlo a cabo, aunque tengamos pequeñas diferencias. Pero el día de firmar los contratos, sin previo aviso, descubrimos que nuestra vecina, no sabemos a cambio de qué, asumió ese mismo compromiso con otra familia, de forma individual y en contra de su familia, y nos deja colgados, imposibilitados para realizar el proyecto por las dos familias deseado. ¿Le resultaría difícil seguir cruzándose con su vecina y desearle los buenos días o feliz Navidad? ¿Estaría dispuesto a brindar por un nuevo año con ella? ¿Seguiría confiando en su palabra? ¿Confiaría en ella como administradora de su comunidad? No necesita ir muy lejos para buscar un protagonista de esta historia. En Sarria, la señora Sabela Caldas, ella sabrá a cambio de qué, engañó en junio a su «familia» y a otros muchos vecinos ilusionados con un proyecto. A esos vecinos engañados se nos podrá pedir respeto, educación y coherencia, cualidades de las que careció esta persona, pero nadie se extrañará de que nadie olvide con los años esta indecente actitud que será recordada en la historia de Sarria.