CRISTINO ÁLVAREZ PLAZA PÚBLICA
26 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Parecía, y era, incombustible. A mí me parecía mayor cuando, hace nada más que cuarenta y tantos años, me daba clase de francés en los Salesianos, entonces con entrada nada menos que por la calle del Matadero, casi esquina con la del Hospital. Il faut faire la liasion era una de sus cantinelas preferidas, así como enseñarnos los diversos sonidos nasales del francés, con especial atención a palabras como ríen, bien, chien, chrétien... Cada vez que Quintero -así le llamábamos- las pronunciaba, el nudo de su corbata subía y bajaba... Era entrañable, pese a su pretendida dureza. Nos quería. Quería a todos sus alumnos, aunque a veces les daba un capón en dos tiempos. Y le queríamos. Mucho. Para empezar, no era ni cura ni curilla. Era eso que en los Salesianos se llamaba coadjutor. No permitía, y hacía bien, que le faltásemos al respeto... ni que pronunciásemos mal. En una memorable ocasión -ya estábamos en Preu- todo el curso, en protesta por el adelantamiento de los exámenes finales, nos presentamos con corbata negra. No era su examen; pero advirtió, bruscamente, como era su estilo, de que el que apareciese al día siguiente -era su examen- con corbata enlutada... suspendía. No hubiera sido, creo ahora, capaz; pero, por si acaso, todos aparecimos con corbatas de otro color. Eran tiempos en los que, al menos a los exámenes, íbamos con corbata. Don José Quintero... A él le debo, al menos yo, mi amor por la literatura francesa, que por entonces nos abría unos horizontes insospechados en pleno nacional-catolicismo. Tener que leer a gentes como Racine, Moliére, Corneille y hasta el maldito Villon -del que despotricábamos, por su francés arcaico, que había igualmente que dominar-... recordar -hoy sería incapaz- todos los poetas de La Pleïade, hablar de los autores de la Enciclopedie, atisbar cosas de Rousseau y, más importante, de poetas malditos como Baudelaire o Flaubert... Entonces no nos dábamos cuenta, pero cuánto bien nos hizo el bueno de Quintero. Era, creo recordar, de Sarria; por lo menos, presumía de la calidad extraordinaria de los chorizos y los jamones procedentes de su patria chica. Pese a la austeridad salesiana, ya la propia de los años 50, dejaba ver que era un... bon vivant. Daba gusto hablar con él, cuando dejaba a un lado, y lo hacía casi siempre, la autoridad que le confería su condición de, seguramente, el mejor profesor que jamás pasó por los Salesianos coruñeses. Luego uno crece, se va del colegio, piensa «ya volveré»... Jamás olvidaré las clases de francés de aquel tipo que pretendía ser duro, y era un pedazo de pan, aunque, cuando no se le había cogido el tranquillo, imponía bastante. Pero bastaba verle como actor en aquellas obras que representábamos -mucho Muñoz Seca, pero sin señoras- para saber que era una grandísima persona, un profesor extraordinario y, con todos los respetos, un amigo. Hacía años que no lo veía. Ya saben, cualquier día... Pero cada vez que hablo con un gran chef francés, cuando leo obras gastronómicas del país transpirenaico, cuando disfruto con una ópera francesa, cuando vuelvo a leer a los clásicos de la grandísima literatura del país vecino... me acuerdo de mi querido profesor de francés. Querido don José, espéreme -lo más posible, desde luego- porque... tiene que seguir enseñándome cosas, y, a poder ser, en ese idioma tan civilizado, el idioma de la vieja diplomacia y de la gran gastronomía: el francés. redac@lavoz.com