Tráfico

MAXI OLARIAGA

LUGO CIUDAD

DESDE FUERA | O |

13 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ESTOS DÍAS el cielo parece una bóveda de acero azul brillante, compacto como la armadura de un dios. Una gran sábana de seda cosida a los cuatro puntos cardinales. Se presiente helado, un témpano de gases, un cartel de neón en el que flotan navegando el sol, la luna y las estrellas. Bajo su amparo frío caminamos resoplando apresurados de un lugar a otro, cada quien a sus quehaceres sin sacar las manos de los bolsillos y precedidos por nuestro alien vaporizado. El vaho vela los escaparates de las tiendas y los ventanales de las cafeterías. Quizá también nuestras almas cada vez más insensibles al frío y al calor. Las carreteras dejaron de oler a pinos, a trigo o a naranjo según por donde viajes. Ahora por ellas se extendió el dulzón aroma de la goma quemada, del plástico abrasado, de la sangre derramada en la frialdad del asfalto. Un mes si y otro también, uno pierde palabras en el mapa de carreteras. Allí se queda una boca hermosa entre Begonte y Lugo o unas manos maravillosas nacidas para el arpa entre Altea y Muchamiel. Se quiebran las vidas envueltas en carcasas coloreadas y atractivas como cajas de bombones que terminan convirtiéndose en sarcófagos sellados por la brea del asfalto. Viajan sin embargo las aves a velocidades de vértigo si las comparamos con su débil estructura y no se produce incidente alguno entre ellas. A veces vuelan prietas como legiones romanas sin que una sola de sus plumas moleste a su vecina. Otras juegan en el aire, se cruzan a distancias inverosímiles persiguiendo el mismo mosquito. Pero al final del día en las ramas donde duermen no hay parte alguno de baja. Ayer, un gorrión revoloteó frente a mi asiento en la alameda. Dudó en su vuelo y cayó a sus pies. Sucedió un estremecimiento en su plumaje. Me miró un segundo y me di cuenta. Había muerto de amor. Pero eso ya no se lleva.