Allá, al otro lado


Supongo que será del todo inevitable, al menos para algunos de nosotros, dejarnos llevar, en días como el de hoy, por la tristeza. ¿Cómo podría uno olvidarse de quienes ya no están, renunciar al recuerdo de sus muertos...? Como ustedes bien saben, cuando mi amigo Basilio Losada vio a Dios, allá en la Láncara de su infancia -en las mismas tierras luguesas en las que vino al mundo el padre de Fidel Castro, por cierto; ya alguna otra vez lo habíamos comentado-, Noso Señor, que venía en figura de viejo mendigo, y que además tenía una larga barba blanca, rezó, tras tomar el caldo que le ofrecían, «un padrenuestro por todos os defuntiños da casa». Comenzaban, entonces, los años treinta del siglo pasado. Más tarde, Basilio marchó, con su madre, a Barcelona -apenas llegó a tiempo para ver los últimos días de su padre-, y allí se quedó. Tras pasar todo tipo de penurias para poder estudiar, acabó convirtiéndose en una de las más brillantes figuras de la universidad catalana, y por supuesto en uno de los mejores embajadores que la cultura gallega tiene en el mundo. Ahora vive la mayor parte del año en Alemania. El caso es que, a estas horas, me acuerdo, también, de nuevo, de aquel inmenso milagro del que fue testigo Basilio, y me pregunto si allá, al otro lado del río, donde están los que tanto echamos de menos, habrá caldo. Porque este viejo reino nuestro, como decía Carlos Casares, es el de los «comedores de caldo». El reino, para entendernos, de los que encienden velas en memoria de sus difuntos porque saben que hay quien, envuelto en la niebla, aún camina a nuestro lado. El finisterre de los que se emocionan al escuchar la vieja voz de las campanas.

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