Tenían que ser hispanistas extranjeros los que trabajasen el hallazgo de esa joya de tinta que es el manuscrito de Poeta en Nueva York, de Lorca. Este país es así. Tienen que venir de fuera a enseñarnos nuestras maravillas. Y Lorca es una maravilla definitiva. Y su libro Poeta en Nueva York son páginas en llamas, las llamas de la imaginación calentando la Gran Manzana. Hay libros que se regalan una y otra vez. Poeta en Nueva York es uno de ellos. Es un gusto regalarlo, porque sabes que estás haciendo entrega de algo que transformará la vida de la persona que lo abra. Fue cuando Lorca dio rienda suelta a la escritura automática. Es imposible leerlo en calma. Las páginas son un reflejo de una ciudad que nunca duerme, que siempre vive. Hay frases por las que muchos escritores darían el brazo de Cervantes y el suyo. Lorca alucina a los extranjeros. Funciona un poco como Gaudí. Caen rendidos a su encanto, a lo difícil que es contenerlos. Son como definiciones de la emoción. Nueva York brilla de día y brilla de noche, como los poemas de Lorca. Ni la ciudad ni el poeta te dejan indiferente ante tamaña exhibición de avenidas y sentimientos.