Verdad, astucia y eufemismos

Luciano Fariña Busto FIRMA INVITADA

CERVANTES

02 sep 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

A quien lleva ya bastante tiempo observando los comportamientos y las actitudes de aquellos que se erigen en protagonistas de la vida ciudadana, principalmente en el ámbito político, le invade una irresistible inclinación a la averiguación de la verdad. Pero se llega a la conclusión de que se trata de una ardua tarea, pues en la mayoría de las ocasiones no se consigue el fin propuesto. ¿Acaso la finitud humana tiene tales dimensiones que nos impide acertar en la senda correcta? No es eso, es que, a pesar de nuestra finitud, la inteligencia del hombre es inconmensurable, tanto que cada uno disponemos de una noción de verdad. Y así lo pone de manifiesto la historia de la Filosofía: realidad; adecuación del intelecto a la cosa; verdad ontológica y verdad lógica; evidencia; construcción del sujeto; adecuación entre lo mentado y lo dado; utilidad lógica. Cervantes expresa muy gráficamente tal variedad poniendo en boca de don Quijote dirigiéndose a Sancho: «Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa».

Quizá es que haya que distinguir entre «verdad» y «veracidad», como parece querer indicarnos Bernard Williams en un profundo ensayo, o quizá también es que no parezca conveniente manifestar la verdad: «En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario» (George Orwell).

¿Será por esto que es más cómodo, conveniente o «ventajoso», dejarnos llevar por un interesado subjetivismo? Uno tiene la sensación de que así es. Por eso la búsqueda de la verdad cede paso a la astucia. Y no deja de ser llamativo que en algunos diccionarios se incluya como sinónimo de astucia el término política, junto a otros muchos entre los cuales no nos resistimos a citar añagaza, disimulo, hipocresía, perfidia, treta, triquiñuela. Todos ellos, como es sabido, con un marcado sentido peyorativo. ¿Será que deba ser así...?

Esa mirada a nuestro alrededor a que me refería al comienzo nos confirma que el figurante como dirigente suele obrar «astutamente»; incluso a tal modo se actuar se le reconoce timbre de gloria: ¡qué astuto! (¡que tío mas listo!... cuando quizá se haya servido de un gran engaño, con grave perjuicio a terceros ¿no?). En estos mismos días de grandes preocupaciones e incertidumbres, nuestros dirigentes, de un extremo al otro de todo el abanico de «ofertas» hablan a medias tintas, siempre emplean reservas en sus expresiones, por sus enormes miedos a ser atrapados en sus palabras. Ejemplos de ello los tenemos todos los días, a todas horas y en todos los ámbitos. Por eso han dado un paso más, y han entrado de lleno en la senda del eufemismo, que pasó de ser estrecha vereda a amplísima autopista. «No conviene asustar»; «la gente no tiene la preparación suficiente para entender las complejidades de la situación actual», «esto solo lo comprendemos nosotros» (los elegidos, claro; no los electos, entendámonos).

Pero no debe ser así. En una sociedad democrática, por principio, todos los ciudadanos entienden, y si no, hay que enseñárselo... porque pagan, son los «contribuyentes», los que financian los gastos, y debe rendírseles cuentas precisa y tempestivamente. Eso es la transparencia. Por eso «el lenguaje de la verdad debe ser simple y sin artificios», sencillo, directo, sin tapujos.

Estas son elementales consideraciones que todos deberíamos tener presentes en los días que vivimos, y en mayor medida cuando los ciudadanos a quienes se dice servir son convocados a las urnas.

Un dirigente debe ser «veraz», porque así será «realista», y el reconocimiento y constatación de la realidad es el primero e inexcusable requisito para la adopción de las medidas adecuadas, pensando siempre en el interés general. Como dejó dicho M. T. Cicerón «la patria... nos engendró... nos crió... para recibir ella misma, como rédito, para su propio interés, el mayor número y lo mejor de los productos de nuestro espíritu, de nuestro talento y de nuestra capacidad política; y devolvernos, a nosotros, para nuestro beneficio particular, solo cuanto a ella pudiera sobrarle». Seamos capaces de emprender este viaje.