«Paisa»

Emilio R. Pérez DESDE EL ALTO

LUGO

Imagen de archivo de la plaza Viana do Castelo de Lugo.
Imagen de archivo de la plaza Viana do Castelo de Lugo. OSCAR CELA

Cuando mi hermano y yo éramos aún un par de esquejes de 10 y 12 años, mi madre nos buscó un internado a 350 kms de aquí. El día aquel en que llegamos, supe lo que siente cuando cae del nido una cría de gorrión. En este caso dos. Allí en Valladolid conocimos a otros huérfanos como nosotros  —«pínfanos», a los efectos—, oriundo cada cual de algún rincón perdido, o no, de la geografía nacional. Había mucho donde elegir, pero la inmensa mayoría de nuestro círculo de amigos eran de aquí: gallegos. «Paisa», nos llamábamos, y «paisano» nos seguimos hoy llamando.  

Con esta un tanto exótica introducción, intento establecer quizá un no muy logrado paralelismo entre el caso nuestro y el del inmigrante de hoy.

En los más de 30 años que llevo aquí instalado en Garabolos, vi mutar huerta a cemento y tierra a asfalto, y cuando todo estaba hecho vi llegar al inmigrante y compartir con él lo que era nuestro. Hoy son ya casi diez mil. Unos se adaptan, otros no y se aíslan en su gueto. En mis paseos de ida y vuelta al centro observo y veo ese constante cambio que, persistente y progresivo, da a nuestra ciudad un nuevo aspecto.

Claro ejemplo es la plaza Viana do Castelo; esa hermosa plaza,  tan cuidada y concurrida, sobre todo en esas largas tardes de verano para solaz y esparcimiento del común del vecindario. Hasta hace poco aún recuerdo a nuestros jóvenes jugando al fútbol o al baloncesto, o haciendo virguerías con sus bicicletas. Hoy eso ha cambiado. Los niños marroquíes tomaron el relevo y apenas queda ya un mísero alevín autóctono. Se me ocurren dos supuestos: que son agua y aceite, o que los nuestros andan a otra cosa… Con sus móviles, por ejemplo.