Cuando mi hermano y yo éramos aún un par de esquejes de 10 y 12 años, mi madre nos buscó un internado a 350 kms de aquí. El día aquel en que llegamos, supe lo que siente cuando cae del nido una cría de gorrión. En este caso dos. Allí en Valladolid conocimos a otros huérfanos como nosotros —«pínfanos», a los efectos—, oriundo cada cual de algún rincón perdido, o no, de la geografía nacional. Había mucho donde elegir, pero la inmensa mayoría de nuestro círculo de amigos eran de aquí: gallegos. «Paisa», nos llamábamos, y «paisano» nos seguimos hoy llamando.
Con esta un tanto exótica introducción, intento establecer quizá un no muy logrado paralelismo entre el caso nuestro y el del inmigrante de hoy.
En los más de 30 años que llevo aquí instalado en Garabolos, vi mutar huerta a cemento y tierra a asfalto, y cuando todo estaba hecho vi llegar al inmigrante y compartir con él lo que era nuestro. Hoy son ya casi diez mil. Unos se adaptan, otros no y se aíslan en su gueto. En mis paseos de ida y vuelta al centro observo y veo ese constante cambio que, persistente y progresivo, da a nuestra ciudad un nuevo aspecto.
Claro ejemplo es la plaza Viana do Castelo; esa hermosa plaza, tan cuidada y concurrida, sobre todo en esas largas tardes de verano para solaz y esparcimiento del común del vecindario. Hasta hace poco aún recuerdo a nuestros jóvenes jugando al fútbol o al baloncesto, o haciendo virguerías con sus bicicletas. Hoy eso ha cambiado. Los niños marroquíes tomaron el relevo y apenas queda ya un mísero alevín autóctono. Se me ocurren dos supuestos: que son agua y aceite, o que los nuestros andan a otra cosa… Con sus móviles, por ejemplo.