Hay indicadores en la vida, que si bien no indican abiertamente la puerta de salida, te están diciendo que se masca la avería. Como cuando el coche suelta humo, por ejemplo. Porque de coches va el asunto. Les cuento.
Estos días atrás anduvo mi hijo por aquí; bueno, en realidad no anduvo mucho, pues como es de espíritu inquieto, practicó de forma activa el nomadeo y fue a sentar su culo a otras plazas más o menos alejadas de nuestra variada geografía, aunque con centro operativo en Lugo. Hizo sus idas y venidas en tren o en el coche de algún amigo, y como a uno a estas edades le cuelga aún algo la baba, le dejé aparcar el suyo a buen recaudo en la plaza de garaje donde lo aparca normalmente el soplagaitas de su padre; o sea, «muá», mientras que el «muá» dormía a la intemperie durante las dos largas semanas que duraron sus maniobras orquestales.
Como el estar toda tu vida martilleando el mismo clavo automatiza, la experiencia para mí fue novedosa, por eso dos mañanas hubo en que bajé al garaje por inercia.
Ciertamente. No, no estaba acostumbrado, fue un problema aparcarlo fuera; aparcarlo exactamente, no, pues aparcar no es de momento para mí un problema, aún cuento con reflejos y pericia razonables, sino acordarme al día siguiente del lugar donde lo dejo; y eso empieza a ser un contratiempo.
Menos mal que aquí por Garabolos aparcar no constituye aún una ilusoria fantasía, pues suele quedar cerca y, como al perro, casi silbando lo localizas. Pero no es ese el problema, como digo, el problema es lo que indican estos lapsus, el problema es que me silban las defensas; y eso, amigo mío, me reitero, eso es que algo humea… ¿Están de acuerdo?