El eclipse

Emilio R. Pérez DESDE EL ALTO

LUGO

Días atrás, agobiado por ese sol que, implacable, cae a plomo, con un libro bajo el brazo se me ocurrió dar una vuelta por la zona de Los Robles y lo pasé genial. Dicen que la soledad puede llegar a hacerse insoportable cuando le da por dar la vara, pero hay momentos que se convierten en auténticas delicias, cuando a pesar de acompañarte está callada. La soledad es solo peligrosa cuando habla. Sé lo que me digo, mi experiencia en estas lides se remonta ya a unos años. Así que el otro día ella y yo, debidamente organizados, nos fuimos hasta el río bajo el Puente Nuevo, como digo, y fue tan grata la experiencia que la tarde se hizo corta, chico. Me lo pasé genial, insisto. Leyendo el libro ese que te engancha bajo la sombra de un carballo, sin mucha gente que te agobie, rodeado de esos prados que huelen aún a verdor fresco y acompañando suave brisa en sintonía con el río circulando mansamente ahí al lado… Jo, qué tarde, amigo. Tal cual decían tiempo atrás los miles de lucenses que bajaban al Rogelio o a Las Islas a nadar, comer y merendar o simplemente a solazarse, a disfrutar en fin de buena parte de los domingos de aquel entonces. Que allá por los 70, oigan, también caía como acero derretido el astro ese que en muy breves sufrirá un eclipse, un para el carro, amigo, que le dirá la luna para bajarle algo los humos. Sí, vendrá el eclipse y todo quisqui ocupará su asiento cual final gloriosa del mundial de fútbol en la Plaza de Santa María. Es curioso, aquel domingo, 19, todo el mundo suspiraba con la gesta de las dos estrellas, como así fue, no obstante el miércoles que viene miles de lucenses pensarán: con una que caliente es suficiente.