En la política lucense parece seguirse al pie de la letra la famosa frase de la novela de Giuseppe di Lampedusa, El Gatopardo, de que «para que todo siga igual, es necesario que todo cambie», es decir, simular un cambio profundo para mantener el orden establecido. O sea, girar en bucles.
Llegan nuevos gobiernos municipales, con tránsfuga de por medio, y presentan nuevos o antiguos proyectos mejorados, apostillando que esto no lo hacían los otros, lo podían haber hecho y no lo hicieron o simplemente lo dejaron a medio hacer.
En el organismo provincial las cosas no parecen ser diferentes, con un presidente que ya no es presidente pero que quiere seguir siendo presidente en la sombra, y una oposición dura con los dos partidos en el gobierno, ofreciendo unos datos críticos con su actuación que en seguida son respondidos con otros que vienen a justificar lo contrario. Así pues, seguimos con el toma y daca, se divierten con «y tú más» y nosotros, pobres espectadores, esbozamos con desconfianza una sonrisa, por no llorar.
Esto no es nuevo en el politiqueo lugués. Ya Francisco Cacharro, durante sus largos años de mandato provincial, recurría con frecuencia a hacer comparativas con el gobierno anterior en la Diputación, o incluso con el gobierno central, para confirmar que sus tesis y su puesta en práctica superaban todo lo anterior.
Se dio el caso un día, en una rueda de prensa, cuando Francisco Cacharro llevaba ya tres quinquenios como presidente, que un periodista le comentó que esos partidos a los que hacía referencia llevaban un montón de años que ya no estaban en el gobierno. La respuesta fue una evasiva, eso sí, bien razonada, como era habitual en él.
En el fondo es la desacreditación de la política. Les da igual, siguen.