¿Cuántas veces se nos ha hundido un trozo de muralla?... Pues no sabría decirlo, pero desde que tengo uso de razón recuerdo ya unas cuantas. Mira que lleva ahí aguantando nuestro monumento estrella, pero al fin y al cabo no deja de ser una obra humana de tierra y piedra, y en la lucha cuerpo a cuerpo año tras año con los elementos, por muy dura que sea la piedra, los elementos ganan. También nuestra genial obra maestra lentamente se desgasta, se hace vieja, y ya se sabe: a la vejez goteras… Como las de mi casa.
Al igual que los derrumbes de nuestra muralla, tampoco yo recuerdo exactamente cuándo hubo una gotera en mi vivienda, pero no hace tanto, quizá tres años. Tras los últimos arreglos por entonces del tejado, supuse, pobre incauto, que el problema estaba al fin resuelto… Craso error. Estas cosas pasan y las vamos olvidando de igual modo que olvidamos nuestro propio cuerpo hasta que duele. Pero bueno, teniendo como digo experiencias de otros años, tras tal infierno de borrascas continuadas, ya me andaba a mí la mosca molestando tras la oreja unas semanas; así que solo hicieron falta cuatro o cinco ráfagas de viento, que aquí por Flor de Malva sopla en plan galerna, para mover alguna losa y que la vieja entrometida una vez más diera la cara. Y de nuevo ahí la tenemos con su toc toc reglamentario; un sonido tan insoportable como un horrible dolor de muelas. Si comparo mi edificio con nuestra muralla, no hay color. El uno tiene 35 años, 17 siglos más la otra, que, a pesar de los achaques, ahí sigue tan campante. Como los puentes, acueductos y todo cuanto construyeron los romanos. Y luego dicen que avanzamos.