Nunca hasta el momento hablé de ello, y ahora que lo hago, seguramente alguno pensará: por qué tardaste tanto, forastero. Y no anda falto de razón. Llevamos celebrando estos encuentros desde que el pulpo es animal de compañía, y yendo como va para seis años que regento esta columna, no haber tocado el tema, como digo, no parece de recibo.
A más de uno de ustedes no les cuento nada nuevo al mencionar estas comidas fraternales con los viejos compañeros (los del barrio, los del bachillerato, los del primer trabajo…) que subsisten desafiando el paso de los años; dados los que corren, cualquier lazo de entonces que aún subsista, más que un logro es un milagro. Pertenezco a un par de peñas. La una -los parientes inmediatos y los amigos de la infancia-, lleva en pausa casi un año: los hachazos de la vida hacen mella y cuesta un mundo reanudar la marcha; la otra, compañeros de Academia, sigue a ritmo sostenido aún a pesar también de las desgracias. Somos los gallegos de la XXXV, la Promoción gloriosa aquella que salió de Zaragoza en el 80. Desde allá por los 90 nos venimos reuniendo con carácter regular ya sea en Coruña, en Pontevedra o aquí en Lugo, por supuesto, por Carnaval o San Froilán, que si el cocido es de obligado cumplimiento, lo del pulpo no es normal.
Fue este sábado pasado en A Rotonda, aquí en el Alto. Alguno hay que hasta de Extremadura viene; tal es la magia, la bendita fiebre, tal es ese profundo sentimiento que se forja en nuestra etapa de Academia: el Espíritu de la General. La amistad es lo que tiene: ni la edad ni la distancia la someten, sólo la vida con sus hachazos es capaz de quebrantarla… Pero claro, eso no hay manera de evitarlo.