Secuelas

Emilio R. Pérez LUGO

LUGO

24 sep 2025 . Actualizado a las 17:55 h.

En esos días parrilleiros en que apretaba tanto el sol, sudé la gota gorda de tal forma que hasta el cerebro me sudó. Y esto es altamente peligroso, puesto que si adelgaza mucho a las neuronas no les queda sitio y le sale a uno una gloriosa trapallada en lugar de artículo. Léase como ejemplo el tan manido dicho «cerebro de mosquito». Sí, fue un agosto crudo, infame, a punto estuve de entrar en trance; de ahí que mientras duró esta canícula horrorosa, tanto me dio por enamorarme de un berberecho, como por soñar tener prensil cierto pedúnculo; asunto impúdico que por decencia me guardé. Sí, los sesos a la parrilla nunca auguraron grandes historias. Se nota aún la atrofia en este artículo que escribo ahora. Yo les echo a la Xunta y al Concello pelín de culpa en todo esto. Me explico. Aunque en Lugo los veranos suelen ser calenturientos, para estas largas olas no estamos los lucenses preparados ni de lejos; y ahora, con tanto culto al medio ambiente, menos. Cuando era un chavalín, bajaba con mi madre al Miño, y mientras lavaba ella la ropa con jabón Lagarto, nos marcábamos mi hermano y yo unos cuantos largos de ida y vuelta de un par de metros por «el chapuzo» y refrescábamos ideas, pues también había entonces, como digo, veranos tórridos. Hoy, o eres socio del Club Fluvial o te bañas en zona agreste o en tu bañera, pues parece ser que se instalaron en su día unas colonias de mejillones río abajo, río arriba, y como hay que realojarlos, al igual que pasa en Madrid, aquí no hay playa, vaya, vaya. Así que, liquidado ya el presente, si no nos ponen playa para el que viene, yo me vuelvo para Viveiro; allí me baño cuando quiero, me como los bivalvos por toneladas y en consecuencia no redacto trapalladas.