«Busco un alma solitaria que quiera hacerse cargo de la mía. A negociar. Solo acepto género femenino biológico cien por cien. Abstenerse descarriadas, busconas de medio pelo o con desmadre emocional severo». Anduve tiempo atrás algo tentado de hacer público este anuncio — cosas de Satanás, que se aprovecha al mínimo desajuste interno —, pero el asunto no pasó de simple idea aventurera puntual. Qué vergüenza, argumenté para mis adentros, aquí por Lugo nos conocemos todos — ahora menos, por asuntos de inmigración —, así que mira que si en esta especie de cita a ciegas, o lo que sea, se te presenta por sorpresa esa vecina que tú bien sabes, esa que te saluda ya a kilómetros de distancia por predios de Garabolos, ¿hasta dónde, don Juan venido a menos, te subirían los colores? Así que no, el tal cabal razonamiento de mi ego más sensato y pudoroso me puso firmes y en el suelo.
Bueno, si les digo la verdad, lo exageré un poco, nunca tuve tentación de peso alguna a este respecto -ensoñaciones, quizá-, pero sí que me picó la curiosidad y entré en un sitio de esos de internet donde te ponen como cebo a una señora algo entradita pero en extremo exuberante, y te indican a qué distancia hay candidatas. En un radio de no más de 800 metros de mi calle, Flor de Malva, hay unas cuantas; y aunque en un primer momento, a la vista del reclamo, se te afilan todas tus protuberancias, incluyendo muelas, también tengo bastante bien sintonizada mi amueblada testa, y yo no pico, por supuesto. En una próxima sacudida interna veré de bajarme al centro y quizá haya lío por las terrazas. Pero seamos serios: aunque estoy para comerme, no albergo grandes esperanzas.