Miren, puede ser que ustedes lo interpreten como asunto baladí, pero a mí ciertas guarradas, atentados al decoro o soeces obscenidades que como suceden a diario el común del ciudadano las tolera con total normalidad, me siguen sin embargo repateando. Subiendo la Avda. de A Coruña el otro día, me cruzo con una especie de espécimen troglodita, vestido de paisano, que atendiendo a sus instintos más primarios se despacha sin despeinarse (es un decir) con un verde escupitajo de esos de a 4 o 5 el kilo, estampándolo con tal potencia contra la acera, que noté el temblar del pavimento bajo mis suelas. Llegando luego al Alto, con las vísceras aún en huelga, entro en un bar — de cuyo nombre, por supuesto, no doy datos —, donde en una esquina de la barra una manada de orangutanes de Borneo trasegando vino, se entretiene a voz en grito entre groseras carcajadas con rotundas imprecaciones perfectamente articuladas, sin faltar, a gran cadencia, el “cagondiós” reglamentario. Como he contado en ocasiones, estoy como una tapia y me entra todo con sordina, y es por ello que a pesar del griterío pude hacer balance con cierta paz interna y preguntarme: ¿Somos los lucenses educados?, ¿cívicos?, ¿estudiados?, ¿dicen algo a este respecto los sondeos? Verán. A propósito del tema del currículum falseado de nuestros políticos -hoy de actualidad, aunque de siempre conocido-, no me extraña que ahí arriba haya «intelectos» de alto rango dirigiendo con su «superior criterio» nuestros designios, pues quien más, quien menos, antes de estampar su huella en la impoluta alfombra roja, ha pisado este lodazal infecto y resbaladizo. Pero nosotros a lo nuestro. Y así nos va. Al fin y al cabo, según Orwell, todos somos cómplices de este lodazal porcino. Entre lumbreras anda el juego.